¿Quién construye el espacio? Una lectura de las utopías arquitectónicas del los años 60 y la Ville Spatiale desde el pensamiento de August Schmarsow
Para Schmarsow, esta
experiencia parte de la propia organización corporal. El ser humano se reconoce
como el centro de un sistema espacial definido por su verticalidad, la
dirección de su mirada, el movimiento hacia adelante y la amplitud de sus
brazos. Estos ejes permiten comprender las dimensiones, las distancias y las
proporciones del entorno, convirtiendo al cuerpo en la referencia desde la cual
el espacio adquiere sentido. En consecuencia, conceptos como altura,
profundidad o amplitud dejan de ser simples medidas geométricas para
convertirse en experiencias vividas.
El movimiento ocupa
igualmente un lugar fundamental dentro de su teoría. La arquitectura no puede
comprenderse desde un único punto de vista, pues un proyecto revela sus
cualidades de manera progresiva a medida que es recorrido. Cada desplazamiento
modifica la percepción del espacio, establece nuevas relaciones entre el cuerpo
y el entorno y transforma la experiencia del ser humano. En este sentido, la
arquitectura es una experiencia que se construye mediante el recorrido. Sin
embargo, las ideas de Schmarsow permiten ir un paso más allá. Si el cuerpo da
sentido al espacio mediante la experiencia, ¿podría también participar en su
transformación? Tradicionalmente, la arquitectura ha atribuido al arquitecto la
responsabilidad de proyectar y definir la forma de habitar el espacio. Pero si
el significado del espacio depende de quién lo vive, ¿es posible imaginar una
arquitectura en la que el usuario no solo la experimente, sino que también
participe activamente en su construcción?
Estas preguntas conducen a
otra que constituye el eje central de este escrito: ¿hasta dónde pueden
llevarse las ideas de Schmarsow cuando se trasladan al terreno de la
arquitectura utópica? Aunque estas propuestas no puedan ser habitadas en el
sentido material, sí permiten imaginar nuevas formas de vivir el espacio y,
precisamente por ello, cuestionar las certezas de la arquitectura existente.
Considero que estas preguntas
encuentran un escenario especialmente interesante en las utopías
arquitectónicas desarrolladas durante las décadas de 1960 y 1970 y, en
particular, en la Ville Spatiale de Yona Friedman. Esta propuesta lleva al
límite las implicaciones del pensamiento de Schmarsow al trasladar el
protagonismo desde el arquitecto hacia el habitante. Si para Schmarsow el
cuerpo da sentido al espacio mediante la experiencia, Friedman imagina una
arquitectura en la que ese mismo cuerpo puede intervenir activamente en su
transformación.
Después de la Segunda Guerra
Mundial apareció una nueva generación de arquitectos que dejó de pensar en
ciudades permanentes y comenzó a imaginar ciudades cambiantes, móviles y
abiertas. Frente a la rigidez funcional heredada del Movimiento Moderno, estas
propuestas cuestionaban la idea de que el arquitecto pudiera prever de manera
definitiva la forma en que las personas habitarían el espacio. En lugar de
preguntarse cómo debía ser la ciudad ideal, comenzaron a preguntarse quién
debía decidir cómo debía transformarse esa ciudad. En este contexto surgieron
diversas utopías arquitectónicas que, más que ofrecer modelos urbanos
destinados a construirse, funcionaban como ejercicios de reflexión crítica
sobre la arquitectura y la ciudad. Proyectos como la Ville Spatiale de Yona
Friedman o New Babylon de Constant Nieuwenhuys proponían ciudades concebidas
como organismos cambiantes, donde el espacio podía ser apropiado, transformado
y reinterpretado continuamente por sus habitantes. A diferencia de otras
utopías, que aspiraban a diseñar una ciudad perfecta y definitiva, estas
propuestas entendían la arquitectura como un proceso abierto, capaz de
adaptarse a las transformaciones constantes de la vida humana.
Es precisamente en este punto
donde estas utopías encuentran un vínculo interesante con el pensamiento de
August Schmarsow, considerado uno de los antecedentes más importantes de la
fenomenología de la arquitectura. El espacio deja de entenderse como una forma
fija para convertirse en un escenario donde las personas construyen
continuamente nuevos significados mediante la manera en que lo recorren, lo
habitan y lo transforman. En este contexto, la Ville Spatiale adquiere un
interés especial. Presentada por Yona Friedman a finales de la década de 1950,
consiste en una gran infraestructura elevada capaz de albergar múltiples
viviendas y espacios habitables. Más que la imagen de una megastructura
futurista, la propuesta resulta significativa porque redefine la relación entre
arquitecto y habitante.
Para Friedman, el arquitecto
no puede prever cómo vivirán las personas dentro de veinte, treinta o cincuenta
años. Las necesidades cambian y las formas de habitar nunca permanecen
estáticas; por ello, resulta contradictorio diseñar edificios completamente
terminados cuya organización permanezca inalterable durante décadas. En lugar
de imponer una solución definitiva, propone una infraestructura capaz de
admitir múltiples configuraciones, permitiendo que cada habitante organice,
modifique o amplíe su vivienda según sus propias necesidades. La arquitectura
deja así de entenderse como un objeto acabado para convertirse en un proceso
abierto que evoluciona junto con quienes la habitan.
Desde esta perspectiva, la
Ville Spatiale puede entenderse como un experimento que lleva un
paso más allá las ideas de Schmarsow. Si este sostiene que el espacio adquiere
sentido cuando es vivido mediante la experiencia corporal, Friedman imagina una
arquitectura en la que el habitante también participa activamente en su
configuración. La arquitectura deja de ser un objeto terminado para convertirse
en una realidad abierta a la transformación continua.
Esta interpretación permite comprender la utopía
como una crítica. La Ville Spatiale no pretende mostrar cómo serán las ciudades
del mañana; funciona como un experimento que amplía los límites del pensamiento
arquitectónico y cuestiona ideas que parecían incuestionables, como el papel
del arquitecto como único responsable de la configuración del espacio o la idea
de que el usuario se limita a ocupar un lugar previamente diseñado. Frente a
ello, Friedman propone una arquitectura transformable en la que el habitante
ocupa un lugar central. El diálogo entre Schmarsow y Friedman permite
comprender que el espacio arquitectónico no es una realidad completamente
determinada por el proyecto, sino una experiencia que se produce continuamente
a través de la manera en que el ser humano vive, interpreta y modifica su
entorno. Quizá esa sea la enseñanza más valiosa de este diálogo entre ambos
autores: recordar que la arquitectura no existe únicamente cuando se construye
un proyecto, sino cuando el ser humano le otorga sentido mediante la
experiencia y, en determinadas circunstancias, también mediante su capacidad de
transformarlo.
El gran acierto del texto radica en tender un puente teórico brillante y subversivo entre el origen de la fenomenología espacial de Schmarsow y la radicalidad política de las utopías de los años sesenta, demostrando que si el cuerpo humano es la medida y el creador del espacio a través de la percepción, el paso lógico e inevitable es reclamar también su derecho a la transformación material. Al confrontar la rigidez del Movimiento Moderno con la *Ville Spatiale* de Yona Friedman, el escrito rescata la utopía no como una fantasía irrealizable, sino como una herramienta de crítica fenomenológica que despoja al arquitecto de su rol de demiurgo y devuelve el espacio a su verdadero dueño: un habitante impredecible que muta, recorre y moldea su entorno. Esta lectura profunda redefine la arquitectura no como un monumento estático o un objeto terminado, sino como un proceso abierto y coreográfico donde el significado y la forma del espacio se reescriben continuamente con cada paso y cada decisión de quien lo vive.
ResponderEliminarEs muy interesante el análisis respecto al papel que juega el arquitecto y a su vez con las personas que habitan los espacios que diseña, ya que me parece un aspecto muchas veces olvidado a raíz del capricho del arquitecto o su obsesión de controlar todo aspecto de su creación, de alguna manera ajustando modos de vida diversos a un único punto de vista, respecto a lo dicho de diseñar una arquitectura moldeable también me parece un acierto, por el hecho de que las necesidades de las personas varia en el tiempo, las familias crecen, se reducen, las casas cambian de manos etc. es por este motivo que la arquitectura debería de estar adecuada a esos cambios y servir más que como un escenario ya construido, como uno con ciertas guías que permitan fomentar el desarrollo sin llegar a ser impositivo. En ese sentido encontramos un ejemplo bastante contemporáneo en los desarrollos de Alejandro Aravena que tienen un carácter similar a lo expuesto, y valdría la pena investigarlo y comprenderlo.
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