Antes del muro: cuerpo, espacio y habitar en la arquitectura

 ¿Qué ocurre primero: construir un espacio o habitarlo?

La respuesta parece evidente. Pensamos, casi de manera automática, que primero se construye una casa, un edificio o una ciudad, y que después alguien llega a habitar ese lugar. Sin embargo, después de leer a August Schmarsow y Martin Heidegger, esta lógica aparentemente simple empieza a tambalear. Ambos autores, desde momentos históricos y perspectivas distintas, sugieren una idea radical: la arquitectura no comienza con el edificio, sino con el ser humano; más específicamente, con su cuerpo, su experiencia y su manera de estar en el mundo.

Esta inversión conceptual cambia profundamente la manera en que entendemos la arquitectura. Si el espacio no es simplemente un contenedor vacío y el edificio no es un objeto autónomo, entonces la arquitectura deja de ser únicamente construcción material para convertirse en una experiencia existencial. Construir ya no significa solamente levantar muros; significa crear condiciones para que la vida pueda desplegarse. August Schmarsow, en La esencia de la creación arquitectónica (1893), propone una ruptura con la visión tradicional de la arquitectura entendida como arte de la construcción o del revestimiento. Para él, la esencia de la arquitectura no está en la tectónica ni en la forma exterior del edificio, sino en la creación del espacio. Esta afirmación parece sencilla, pero es profundamente revolucionaria: el verdadero material de la arquitectura no sería la piedra, el acero o el concreto, sino el espacio mismo.

Ahora bien, Schmarsow no habla de un espacio abstracto o matemático; habla de un espacio vivido. El espacio nace a partir del cuerpo. Nuestro cuerpo es el primer instrumento con el que comprendemos el mundo: distinguimos arriba y abajo porque estamos erguidos; reconocemos adelante y atrás porque nos desplazamos; entendemos la profundidad porque avanzamos hacia ella. El cuerpo no entra al espacio: produce espacio. Esto significa que la arquitectura no es algo externo al ser humano, sino una extensión de su corporalidad. Las paredes, los techos y los límites no son solamente elementos constructivos; son prolongaciones materiales de una necesidad profundamente humana de orientarse, protegerse y reconocerse dentro del mundo. Como afirma Schmarsow, la arquitectura es la “creadora de espacio” (Raumgestalterin), porque transforma nuestra intuición espacial interna en una realidad construida.

Esta idea resulta especialmente poderosa hoy, en un momento donde muchas veces la arquitectura parece reducirse a imagen. En una época dominada por renders espectaculares, fachadas icónicas y edificios pensados para ser fotografiados, Schmarsow nos recuerda que la arquitectura no debería diseñarse para ser únicamente observada, sino para ser experimentada corporalmente. Décadas después, Martin Heidegger lleva esta reflexión a un nivel todavía más profundo. En Construir, Habitar, Pensar (1951), plantea que el verdadero sentido del construir no está en fabricar objetos, sino en el acto de habitar. Habitar, para Heidegger, no significa simplemente ocupar un lugar. Habitar significa pertenecer. Significa cuidar, permanecer, establecer una relación auténtica con el mundo. El ser humano no construye porque necesita refugio; construye porque necesita dar sentido a su existencia.

Desde esta perspectiva, una casa deja de ser un objeto funcional para convertirse en una estructura de sentido. No es arquitectura porque tenga puertas, ventanas o cubierta; es arquitectura cuando permite que alguien se reconozca dentro de ella, cuando ofrece un lugar desde donde vivir el mundo.

Aquí aparece una conexión fascinante entre ambos autores. Schmarsow nos habla del cuerpo; Heidegger nos habla del ser. El primero explica cómo el cuerpo genera espacio; el segundo explica cómo ese espacio se convierte en mundo vivido. Podríamos decir que Schmarsow responde la pregunta “¿cómo aparece el espacio?”, mientras Heidegger responde “¿para qué existe?”.

Y la respuesta común parece ser esta: para que podamos habitar. Esto transforma radicalmente el rol del arquitecto. Si aceptamos esta visión, el arquitecto deja de ser un diseñador de objetos y se convierte en un mediador entre cuerpo, espacio y existencia. Diseñar deja de ser organizar formas para convertirse en construir experiencias.

Un ejemplo contemporáneo que materializa esta idea de manera extraordinaria es Therme Vals, diseñado por Peter Zumthor. En este proyecto, la arquitectura no se comprende primero con la mirada; se comprende con el cuerpo. La piedra fría, la temperatura del agua, la resonancia del sonido, la humedad del aire y la luz tenue construyen una experiencia sensorial completa. El visitante no “recorre” el edificio como quien observa un objeto; lo habita desde la piel. Cada transición espacial modifica la percepción corporal. Los cambios de escala obligan al cuerpo a ralentizarse. Los vacíos generan pausa. Las texturas exigen contacto. El agua introduce otra relación con la gravedad. Todo el proyecto parece recordarnos que el cuerpo es el verdadero centro de la experiencia arquitectónica. En Therme Vals no se visita un edificio; se vive una condición espacial. Y quizá allí está la enseñanza más importante de Schmarsow y Heidegger para la arquitectura contemporánea.

Durante mucho tiempo la disciplina se ha preocupado por resolver problemas técnicos, responder programas funcionales y producir formas visualmente impactantes. Todo eso es importante, pero puede hacernos olvidar algo esencial: la arquitectura existe porque existe el ser humano. No diseñamos para planos. No diseñamos para fotografías. No diseñamos para revistas.

Diseñamos para cuerpos que caminan, respiran, descansan, sienten frío, escuchan ecos, perciben luz, recuerdan lugares y construyen afectos.

Diseñamos para el habitar. Tal vez por eso volver a estos textos hoy resulta tan pertinente. En medio de una cultura acelerada, donde todo parece reducirse a consumo visual inmediato, Schmarsow y Heidegger nos obligan a detenernos y recordar que la arquitectura comienza mucho antes del muro. Comienza cuando un cuerpo reconoce su lugar en el mundo. Y termina (si es que termina) cuando ese espacio logra convertirse en hogar.

Comentarios

  1. Me parece un interesante punto de vista acerca del sentido de la arquitectura y el rol del arquitecto, con el cual estoy de acuerdo, sin embargo, creo que hubiese sido pertinente mencionar también la obra de adolf loos quien fue quizá uno de los personajes que mejor representa tu planteamiento, y le daría mucha riqueza al texto un acercamiento desde sus planteamientos como el Raumplan

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  2. Me parece especialmente interesante la manera en que el texto establece una relación entre Schmarsow y Heidegger a partir de la idea de que la arquitectura surge del habitar antes que de la construcción material. Sin embargo, creo que esta afirmación también permite abrir una discusión sobre el papel que tiene la arquitectura en la configuración de la experiencia humana.

    Si bien coincido en que el espacio adquiere sentido cuando es vivido por un sujeto y que la arquitectura no puede reducirse a un objeto construido, me pregunto hasta qué punto el habitar precede realmente a la arquitectura. En Schmarsow, el cuerpo aparece como origen de toda experiencia espacial, pero al mismo tiempo es la arquitectura la que organiza, dirige y condiciona esa experiencia. El cuerpo produce espacio, pero también aprende a percibirlo a través de las estructuras culturales y físicas que lo rodean. Por esta mismo, considero que la relación entre construir y habitar es más dialéctica que jerárquica. No solo habitamos los espacios, sino que los espacios también producen determinadas formas de habitar: un corredor, un patio, una plaza o una habitación no son escenarios neutros; cada uno propone maneras específicas de moverse, permanecer, encontrarse o incluso recordar. La arquitectura no es únicamente el resultado de una necesidad humana previa, sino que también participa activamente en la construcción de esa necesidad.

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    1. Es un buen contraargumento, y me parece que es correcto, ambas van de la mano, porque antes de crear un "espacio" no se habitar el Espacio (universal), aunque yo tomo el texto un poco más desde el punto de vista de que la construcción nace como refugio, precisamente para el acto de habitar ese Espacio, proyectando la segunda categoría, la que sí podemos habitar, los espacios. De todas formas se me hace valiosa la apreciación de que no es una relación jerárquica

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  3. Lo que más me interesa de este texto es la forma en que pone a Schmarsow y a Heidegger en conversación sin forzarlos, dejando que cada uno responda una pregunta distinta: el primero explica cómo el cuerpo genera espacio, el segundo por qué ese espacio solo cobra sentido cuando se habita. El ejemplo de Therme Vals es preciso justamente porque Zumthor no diseñó una planta que luego se llenó de experiencia, sino que construyó condiciones (la piedra, el vapor, la luz rasante) para que el cuerpo tuviera que negociar su presencia en cada transición. Ahí es donde los dos autores se tocan.

    Me quedo pensando en una tensión que el texto roza pero no desarrolla del todo: si la arquitectura comienza con el ser humano y no con el edificio, como se afirma al principio, ¿qué pasa con los espacios que el cuerpo no puede anticipar? Heidegger diría que el habitar siempre precede al construir, pero hay construcciones que deliberadamente producen desorientación, que le niegan al cuerpo su sistema de ejes. No creo que eso invalide el argumento, al contrario, creo que lo vuelve más interesante: quizás la arquitectura más honesta es la que asume que el cuerpo no llega al espacio con certezas sino con un horizonte abierto.

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  4. Plantear la interrogante de qué ocurre primero si construir o habitar a través del pensamiento de Schmarsow y Heidegger es un ejercicio intelectual profundamente necesario para la disciplina actual.

    De lo que comentas me parece necesario hablar sobre esas dos ideas que me parecen vitales para el debate contemporáneo. Por un lado, la urgente rebelión contra la tiranía de la imagen: en una época en la que la arquitectura parece diseñarse de manera exclusiva para producir renders espectaculares o fotografías virales, recordar que el espacio nace a partir y para el cuerpo es una auténtica declaración de principios. Por otro lado, la materialización de la fenomenología en la práctica. El ejemplo de las Termas de Vals de Peter Zumthor ilustra a la perfección esta teoría, demostrándonos que el verdadero valor de un edificio se mide en su textura, su acústica, su temperatura y su capacidad para hacernos estar presentes, no en su simple espectacularidad visual.

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