El paisajismo y lo femenino reprimido en la arquitectura
La paisajista y teórica Elizabeth Meyer ha construido, desde los años noventa, una de las críticas más influyentes a la forma en que la disciplina del paisajismo pensó su propia identidad frente a la arquitectura. Su argumento central desarrollado en textos como "Sites of Metaphor, Difference, and Repressed Femininity in Modern Landscape Architecture" y "The Expanded Field of Landscape Architecture", es que la teoría moderna paisajista clasificó el plano horizontal como “femenino”, por ejemplo, lo natural, lo pasivo, lo emocional, mientras el objeto arquitectónico vertical se asoció a la razón, el orden y la autoría.
Meyer, que se define explícitamente como paisajista feminista, no defiende simplemente "reivindicar" lo horizontal como femenino. Argumenta que esa misma asociación, fue históricamente la que subordinó el paisajismo a un rol decorativo y secundario frente a la arquitectura "seria". Por eso insiste en que hay que ser escépticos frente a cualquier discurso, que asigne género al paisaje, porque incluso cuando ese gesto parece positivo, termina reproduciendo la jerarquía de la disciplina. Esta reciprocidad entre suelo y sujeto es exactamente el tipo de relación no jerárquica que Meyer reclama para el paisaje: ni terreno pasivo esperando al arquitecto, ni objeto que se impone sobre la tierra, sino un vínculo de mutua constitución. Meyer insiste en que el plano horizontal no es una superficie inerte que espera al sujeto arquitectónico, sino un terreno activo, temporal y expresivo por derecho propio.
Me interesa un ejemplo que nos ayuda a entender mejor a la autora, es el Dumbarton Oaks, obra de Beatrix Farrand, la cual fue la única mujer entre los once fundadores de la American Society of Landscape Architects en 1899. En un entorno profesional profundamente masculinizado y hostil a la autoría femenina, el diseño de Farrand no fue una simple respuesta técnica, sino una declaración de intenciones política. Situado sobre una topografía irregular en Washington D.C., este proyecto revoluciona drásticamente la jerarquía histórica, Farrand rechaza la nivelación impositiva del suelo; en su lugar, diseña una secuencia de terrazas horizontales que se organizan orgánicamente siguiendo la topografía existente. Según Meyer, esta ordenación encarna una "dinámica horizontal", de este modo, el recorrido transforma la contemplación en un proceso perceptivo sensorial donde el paso del tiempo, la luz y la vegetación reescriben constantemente la experiencia del lugar. El orden geométrico y ortogonal que nace de la mansión se disuelve progresivamente a medida que se desciende, cediendo el control a los procesos ecológicos, las texturas y los ciclos silvestres. Farrand demuestra que la horizontalidad no equivale a sumisión, sino a una compleja negociación espacial con la tierra. En Dumbarton Oaks, el plano horizontal reclama su propia autonomía temporal y espacial, forzando a la verticalidad arquitectónica a ceder su hegemonía.
Esta perspectiva nos obliga a releer, con otros ojos, las ideas de teóricos como Leatherbarrow, Siza o Oteiza. Cuando Leatherbarrow sostiene que la topografía sin actividad humana es "simplemente tierra", está acudiendo a la misma reducción que Meyer denuncia: la idea de que el suelo está mudo hasta que la arquitectura llega a darle sentido. Asimismo, cuando Siza funde su piscina con las rocas de Álvaro o cuando Oteiza busca la "simultaneidad de espacios" en lugar del volumen cerrado, ambos desplazan el valor desde el objeto vertical hacia la continuidad horizontal. Estas búsquedas demuestran que el verdadero proyecto no reside en el objeto aislado, sino en la trama viva de interacciones que se tejen sobre el plano horizontal. El gran aporte de Meyer es que nos obliga a hacer esta lectura con cautela: no basta con celebrar lo horizontal si seguimos pensando en ello como algo secundario o puramente intuitivo.
Por eso, la contribución más importante de Meyer no es simplemente feminizar el horizonte, sino mostrar que el problema nunca fue el género asignado a cada plano, sino la existencia misma del binario. La tarea crítica, tanto para el paisajismo como para la arquitectura del futuro, no es invertir la jerarquía sino disolverla: pensar el suelo y el objeto, el jardín y la casa, como partes de un mismo campo expandido, sin que exista una jerarquía de género en la disciplina.
El texto desarrolla con solidez la postura de Meyer, pero al leerlo tiende a resumir sus planes como una verdad inconcebible. Para desmantelar la jerarquía entre arquitectura y paisaje, termina construyendo otra oposición: la verticalidad del objeto como símbolo de dominación frente a la horizontalidad como espacio de emancipación. El problema no reside en la verticalidad ni en la horizontalidad, sino en la incapacidad del proyecto para articular ambas partes como una unidad. La arquitectura más poderosa no elige entre el objeto y el territorio; hace que ambos adquieran autonomía para convertirse en una experiencia espacial similar. Al final, la verdadera decepción no es disolver una dicotomía teórica, sino evitar la totalidad.
ResponderEliminar