Más allá de la imagen
¿Qué ocurre cuando la arquitectura se reduce a su imagen?
La arquitectura contemporánea circula, en gran medida, a
través de imágenes. Antes de visitar un edificio es común conocerlo mediante
fotografías, publicaciones digitales o redes sociales que condensan el proyecto
en un único punto de vista. Esta condición ha modificado la manera en que
muchas obras son concebidas, privilegiando aquellas cualidades capaces de
producir una imagen memorable. Sin embargo, surge una pregunta que pone en duda
esta lógica de representación: ¿qué ocurre cuando la arquitectura se reduce
a su imagen? Más que un problema de difusión, esta cuestión plantea una
discusión sobre la naturaleza misma de la experiencia arquitectónica y sobre
aquello que realmente define el encuentro entre el cuerpo y el espacio.
En Los ojos de la piel, Juhani Pallasmaa desarrolla
una crítica a la tradición occidental que ha situado la visión como el sentido
dominante en la comprensión de la arquitectura. Su argumento no consiste en
negar la importancia de la vista, sino en cuestionar el predominio absoluto que
ha adquirido sobre el resto de la experiencia corporal. Para el autor, la
arquitectura no se percibe únicamente con los ojos; es comprendida por el
cuerpo entero. La memoria, el tacto, el oído, la temperatura, la gravedad y el
movimiento participan simultáneamente en la construcción de la experiencia
espacial. Cuando el edificio se concibe únicamente para ser observado, la
arquitectura pierde aquello que la distingue de una simple representación
visual.
Esta reflexión resulta especialmente pertinente en un
contexto donde la imagen suele convertirse en el principal criterio de
valoración de una obra. La facilidad con que un edificio puede fotografiarse
parece condicionar, en ocasiones, las decisiones proyectuales. Fachadas
expresivas, geometrías llamativas y composiciones fácilmente reconocibles
ocupan el centro de la discusión arquitectónica, mientras aspectos menos
visibles, como la atmósfera, la materialidad o la percepción del tiempo, pasan
a un segundo plano. La experiencia termina subordinada a la representación,
como si la arquitectura pudiera agotarse en aquello que muestra una fotografía.
Sin embargo, la imagen posee una limitación inevitable: es
incapaz de transmitir la experiencia corporal del espacio. Una fotografía puede
registrar una geometría o una composición de luz, pero no puede reproducir el
espesor del silencio, la temperatura de un material, la resonancia de una sala
o la manera en que un cuerpo percibe la escala al desplazarse. Precisamente por
ello, Pallasmaa afirma que la arquitectura pertenece al ámbito de la
experiencia vivida y no únicamente al de la percepción visual. La imagen puede
anticipar un edificio, pero nunca sustituir el acto de habitarlo.
El pabellón inflable diseñado por Smiljan Radic y Nicolás
Schmidt para la XXII Bienal de Arquitectura y Urbanismo de Chile en 2023
permite poner esta idea en discusión desde una perspectiva contemporánea. A
primera vista, el proyecto parece ofrecer una imagen sencilla: una gran
membrana neumática de apariencia homogénea cuya forma puede comprenderse casi
de inmediato. Sin embargo, esa primera impresión explica muy poco de la
arquitectura que realmente propone. La experiencia comienza únicamente cuando
el visitante atraviesa la envolvente y descubre un espacio donde la luz, el
sonido y la percepción del límite adquieren un protagonismo mayor que la propia
geometría.
La membrana filtra la luz natural hasta producir una iluminación uniforme que transforma la percepción del volumen. El sonido exterior se atenúa y el aire contenido en la estructura modifica la relación entre el cuerpo y el espacio. La superficie neumática responde sutilmente a las condiciones ambientales, generando una sensación de inestabilidad que recuerda constantemente la presencia física de la envolvente. Ninguna de estas condiciones puede comprenderse plenamente desde el exterior ni registrarse por completo mediante una imagen. La arquitectura comienza precisamente allí donde la representación deja de ser suficiente.
El interés del proyecto no reside, por tanto, en la singularidad de su morfología, sino en la manera en que utiliza esa configuración material para construir una experiencia. La membrana no constituye un fin estético, sino un dispositivo capaz de producir una atmósfera específica. Su aparente simplicidad obliga al visitante a prestar atención a fenómenos que habitualmente permanecen en segundo plano: la intensidad de la luz, la textura del aire, la reverberación del sonido o la percepción del tiempo durante el recorrido. El espacio deja de comprenderse como un objeto para ser contemplado y comienza a experimentarse como una condición que envuelve al cuerpo.
Desde esta perspectiva, el pabellón de Radic no representa
una negación de la imagen, sino una crítica a su suficiencia. La imagen sigue
existiendo, pero deja de concentrar el significado de la arquitectura. Funciona
apenas como un umbral hacia una experiencia que solo puede completarse mediante
la presencia física. En este sentido, el proyecto materializa una de las
principales preocupaciones de Pallasmaa: recuperar una arquitectura donde el
conocimiento del espacio no dependa exclusivamente de aquello que el ojo
observa, sino de la participación simultánea de todos los sentidos.
La pregunta inicial permite comprender que el problema no
consiste en producir imágenes arquitectónicas, sino en aceptar que ninguna de
ellas puede sustituir la experiencia del lugar. La arquitectura necesita
representarse, pero también necesita ser recorrida, escuchada, tocada y
habitada. Reducirla a su dimensión visual implica desconocer precisamente
aquello que le otorga su especificidad como disciplina: la capacidad de
construir una relación sensible entre el cuerpo y el espacio.
La vigencia del pensamiento de Pallasmaa reside en recordar
que la arquitectura comienza donde termina la imagen. En una época dominada por
la circulación constante de representaciones digitales, esta afirmación
adquiere una relevancia particular. El pabellón inflable de Smiljan Radic
demuestra que la intensidad de una obra no depende únicamente de aquello que
muestra, sino de aquello que solo puede descubrirse cuando el cuerpo entra en
contacto con el espacio. La imagen puede despertar el interés por la
arquitectura, pero únicamente la experiencia permite comprenderla en toda su
complejidad.
Me pareció un texto muy interesante porque invita a reflexionar sobre una realidad de la arquitectura contemporánea la cual muchas veces conocemos un proyecto solo por imágenes y olvidamos que su verdadero valor está en la experiencia de recorrerlo y habitarlo. La relación que estableces entre las ideas de Pallasmaa y el pabellón de Smiljan Radic es clara y coherente, ya que demuestra cómo aspectos como la luz, el sonido y la atmósfera no pueden transmitirse completamente a través de una fotografía. Es una reflexión pertinente en la actualidad y deja una idea muy valiosa sobre la importancia de entender la arquitectura desde todos los sentidos, y no únicamente desde la mirada.
ResponderEliminar