La experiencia corporal como construcción de espacio
En el texto Personal Space: Reflection, Horizon , Jan Patočka desarrolla una concepción fenomenológica sobre el espacio que ofrece una alternativa a la idea tradicional que el ser humano tiene basada en la geometría y la física. Su postulado está basado en mostrar que el espacio en el que vivimos no puede reducirse al espacio descrito por las ciencias, sino que existe una espacialidad adicional vinculada a la experiencia corporal y a la existencia personal. De esta manera, el cuerpo es el centro a partir del cual el mundo adquiere orientación, sentido y horizonte.
En inicio Patočka realiza una distinción entre el ser
impersonal y el ser personal. El espacio del ser impersonal es definido como ilimitado,
infinito y carente de referencias que permitan orientar al cuerpo. Dicho
concepto encuentra apoyo en la teoría desarrollada por Descartes y más adelante
desarrollada por Newton. En este tipo de espacio, los cuerpos aparecen como elementos
que ocupan una posición determinada, sin que exista una relación innata entre
el sujeto y el lugar que ocupa.
El ser humano para Patočka no vive el espacio como una serie
de coordenadas geométricas, sino como un ámbito organizado a partir de su
propio cuerpo. De esta manera el cuerpo vivido es quien da origen a las
direcciones: delante y detrás, derecha e izquierda, arriba y abajo; el cuerpo
ya está orientado corporalmente en el espacio antes de que se construya una
representación geométrica.
Para entender esta idea podemos pensar en la Villa Savoye diseñada
por Le Corbusier o en la Capilla en Ronchamp. Aunque cualquiera de estos
proyectos puede describirse mediante planos, dimensiones y coordenadas, la
experiencia arquitectónica no queda solo en ello. El visitante comprende el
espacio recorriéndolo con su cuerpo, el aproximarse a la Villa desde el costado
posterior o al ascender por la colina a Ronchamp, rodear posteriormente los
muros curvos, subir escaleras y percibir cómo la luz entra en el espacio. En
estos como en muchos otros casos la arquitectura aún cuando es emblemática no
es un objeto aislado que se limita a ser contemplado, por el contrario, es una
experiencia que requiere ser vivida por el cuerpo.
Entender el cuerpo vivido implica entender que no es un objeto
más entre otros. Un objeto existe simplemente en el espacio, el cuerpo en
cambio es el inicio del espacio mismo. Pensar en un aquí constituye un
punto de inicio que permite otras orientaciones, de manera que pensamos en la
posición de lo demás a partir de nosotros mismos, si algo está a una distancia
considerable lo vemos allá, pero entre más cerca esté lo veremos acá.
Otro concepto es el de horizonte, todo objeto aparece
siempre dentro de un horizonte que lo rodea y lo supera. Cuando nos aproximamos
a la Villa Savoye desde el costado posterior no vemos aún el acceso, ni cuando la
rodeamos por alguno de sus lados, aun así, este cambio de perspectivas remite
constantemente a otras que permanecen implícitas y que permiten reconocer la
identidad del objeto. El horizonte constituye ese trasfondo que hace posible
que una misma cosa sea comprendida como idéntica a través de sus apariciones.
El horizonte no solo caracteriza nuestra percepción de los
objetos particulares, sino también nuestra experiencia del mundo en su
conjunto. El mundo entero funciona como el horizonte universal de todos los
horizontes parciales. Si bien no está nunca físicamente presente, permanece de
forma implícita como el contexto que permite que las cosas adquieran
significado. Intentar entender el horizonte como una cualidad estática no es
posible, pues siempre será cambiante en función de entender el conjunto.
La espacialidad se encuentra además estrechamente unida a la
temporalidad. El ser humano no vive únicamente en el presente inmediato, sino
dentro de un presente ampliado que integra el pasado y el futuro. Así como existe
un horizonte espacial, existe un horizonte temporal que permite que el individuo
se oriente respecto a lo que recuerda, lo que existe y a las posibilidades que tiene.
Para Patočka la vida humana consiste en un movimiento
constante de salida hacia el mundo y de retorno hacia sí mismo, la existencia
nunca permanece encerrada en la interioridad de la conciencia, sino que se
proyecta continuamente hacia las cosas, hacia los otros y hacia el mundo
compartido. Solo a través de ese movimiento el sujeto llega verdaderamente a
conocerse. Por esta razón, el cuerpo no debe entenderse como un simple
instrumento de la conciencia, sino como la forma concreta en que la existencia
personal se realiza. El texto es en conclusión una crítica a la comprensión
convencional y objetiva del espacio, que invita a entenderlo como una
composición a partir de la experiencia corporal.
El texto explica de manera clara la propuesta de Patočka y cómo el cuerpo construye la experiencia del espacio. Sin embargo, me surge la duda de hasta qué punto esta visión puede aplicarse a la arquitectura actual, donde muchas decisiones dependen de condiciones técnicas y funcionales. Además, si el espacio adquiere sentido a través del movimiento y la experiencia del cuerpo, ¿es posible comprender realmente una obra arquitectónica sin recorrerla físicamente, solo a través de planos, fotografías o modelos digitales?
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