La Carne del Mundo: Una Analogía Sensorial entre la Materia y el Espacio Habitado.
En el libro Los ojos de la piel, Juhani Pallasmaa desarrolla una crítica profunda a la cultura occidental y su hegemonía de la visión, un fenómeno que describe como ocularcentrismo, según el autor, desde la Grecia clásica, el pensamiento se ha basado en la vista como el sentido más noble, lo que ha llevado a que el conocimiento sea análogo a la visión clara y la luz sea metáfora de la verdad sin lugar a planificar otra realidad, esta prioridad ha transformado la arquitectura contemporánea en un "arte retiniano", preocupado únicamente por crear imágenes visuales impactantes y memorables, pero carente de profundidad existencial y sinceridad material. Pallasmaa sostiene que este predominio de la vista ha provocado una pérdida de la plasticidad y una desensibilización de la arquitectura, donde los edificios se convierten en productos-imagen separados de la experiencia corporal, también introduce el concepto del "ojo narcisista y nihilista", que ve la arquitectura solo como un medio de autoexpresión o un juego intelectual, ignorando las conexiones humanas fundamentales y promoviendo el distanciamiento y la alienación, frente a esta crisis, en el libro se propone una arquitectura de los sentidos que coloque nuevamente al cuerpo en el centro de la experiencia espacial y no como algo dentro de la arquitectura, así plantea y define el cuerpo y el espacio como centro de la experiencia encarnada.
Para Pallasmaa, el cuerpo no es una entidad separada, sino el centro viviente de intencionalidad a través del cual elegimos nuestro mundo, no experimentamos la ciudad o un edificio como una serie de imágenes aisladas, sino con todo nuestro ser y nuestras piernas miden la longitud de una plaza y nuestra mano agarra el tirador de una puerta, sintiendo su peso y textura en el libro se recurre a la fenomenología de Merleau-Ponty para afirmar que el cuerpo es al mundo lo que el corazón es al organismo, manteniendo vivo el espectáculo visible y dándole sentido a arquitectura que debe fortalecer nuestro sentido de realidad y del yo, mediando entre nosotros y el mundo que en este contexto, el sentido del tacto es fundamental, pues es la modalidad sensorial que integra nuestra experiencia del mundo con la de nosotros mismos. Pallasmaa argumenta que todos los sentidos son especializaciones del tejido cutáneo y, por tanto, modos del tocar; incluso la vista puede considerarse una prolongación del tacto mientras que la visión enfocada nos expulsa del espacio convirtiéndonos en meros espectadores, la visión periférica nos integra en él, transformando las imágenes retinianas en experiencias espaciales y corporales vividas.
Una arquitectura multisensorial: Sonido, sombra y olfato, el espacio arquitectónico no se define solo por lo que se ve, sino por una "polifonía de los sentidos" donde destacan diversos ámbitos sensoriales que la arquitectura contemporánea suele ignorar como intimidad acústica y el sonido incluye. El eco de nuestros pasos sobre una calle pavimentada nos sitúa en relación directa con el espacio, midiendo su escala y haciéndola comprensible, a arquitectura es, en esencia, el arte del "silencio petrificado", un silencio receptivo que hace recordar.
Espacios del olfato: A menudo, el recuerdo más persistente de un lugar es su olor la nariz tiene la capacidad de hacer que los ojos recuerden, despertando imágenes olvidadas a través de un recuerdo que se activan en un momento efímero activado gracias a un olor semejante del recuerdo.
El significado de la sombra: La luz brillante y homogénea de la modernidad paraliza la imaginación, en cambio, las sombras profundas y la oscuridad invitan a la visión periférica y a la fantasía táctil, creando misterio y atenuando la nitidez que se distancia de la visión.
Materialidad y tiempo: Los materiales naturales como la madera o la piedra permiten que la vista penetre en sus superficies, expresando su edad y la historia de su uso humano a través de la pátina, la arquitectura debe facilitar la experiencia de estar enraizados en la continuidad del tiempo, domesticando el espacio infinito para permitirnos habitarlo.
La Capilla Bruder Klaus funciona como una analogía viva de "los ojos de la piel": si el libro es la teoría que busca rescatar al cuerpo del olvido, esta obra es la "carne del mundo" hecha piedra, mientras Pallasmaa denuncia la arquitectura como un "producto-imagen" vacío, la capilla actúa como el "apretón de manos" definitivo del edificio, sus muros de hormigón, moldeados por troncos quemados, no son una superficie para ser mirada, sino una "piel" que invita al tacto inconsciente.
El aroma a madera carbonizada en su interior es la analogía perfecta de los "espacios del olfato" descritos por el autor: un "imán de la memoria" que hace que los ojos "recuerden" el fuego primigenio en lugar de la claridad cegadora de la "ventana de Alberti", Zumthor ofrece un "silencio petrificado" y una visión periférica que, al igual que el cometido final del libro, busca "resensualizar y reerotizar" nuestra existencia, recordándonos que habitamos el mundo con todo nuestro ser encarnado.
El texto refleja con precisión la crítica de Pallasmaa al ocularcentrismo, pero por un momento parece sustituir el reduccionismo por otro: trae la predominancia de la vista en tales casos para convertir lo más sentido en los únicos portadores de la arquitectura auténtica. La experiencia espacial no requiere negar la visión, sino liberarla de su condición meramente retiniana para integrarla con el tacto, el sonido, el olfato y la memoria. En este sentido, la arquitectura no se reduce a ser visual, hasta que olvidamos que también puede ser una forma de tocar el mundo. La verdadera verdad fenomenológica surge cuando se sienten
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