La arquitectura que permanece cambiando: topografía, tiempo y transformación
La arquitectura ha sido entendida tradicionalmente como una disciplina vinculada a la permanencia. Construir supone fijar algo en un lugar, establecer límites, definir una forma y organizar un espacio destinado a permanecer en el tiempo. Sin embargo, esta idea de permanencia entra en tensión con la propia condición de la arquitectura, pues todo espacio está sujeto al cambio: los materiales envejecen, las condiciones ambientales se transforman, los usos se modifican y las personas que habitan un lugar le otorgan nuevos significados. Las reflexiones de David Leatherbarrow sobre la topografía permiten pensar esta condición desde una perspectiva en la que lo efímero no representa únicamente aquello que desaparece, sino aquello que permanece abierto al tiempo.
Desde aquí, la idea de arquitectura efímera puede comprenderse de una manera más amplia. Lo efímero no tendría que referirse únicamente a construcciones temporales destinadas a desaparecer, sino a la condición temporal de toda arquitectura. Un edificio puede permanecer físicamente durante siglos y, sin embargo, transformarse constantemente a través de sus materiales, sus usos, sus habitantes y sus significados. La permanencia no dependería entonces de conservar una forma intacta, sino de la capacidad de incorporar nuevas experiencias sin borrar completamente las huellas anteriores.
Un proyecto que permite observar esta relación entre topografía, memoria y transformación es el SESC Pompéia, de Lina Bo Bardi, en São Paulo. El proyecto transforma una antigua fábrica de tambores en un centro cultural y deportivo, incorporando las estructuras existentes a una nueva realidad arquitectónica. Su interés para esta reflexión no reside únicamente en la reutilización de un edificio, sino en la manera en que la intervención reconoce las condiciones previas del lugar y permite que estas continúen formando parte de su historia.
La topografía constituye el punto de partida. Entendida desde Leatherbarrow, no corresponde únicamente a la fábrica como objeto físico, sino al conjunto de condiciones, relaciones y potencialidades que existen antes de la intervención. La arquitectura no se implanta sobre un soporte neutral, sino que actúa dentro de una realidad que ya posee una historia y unas capacidades latentes.
De esta condición surge la memoria. La fábrica conserva las huellas de su existencia anterior y funciona como registro de las actividades que allí ocurrieron. La intervención de Lina Bo Bardi no busca eliminar esas huellas para imponer una nueva identidad, sino incorporarlas como parte del proyecto. En este sentido, transformar no significa necesariamente borrar, sino permitir que aquello que existe continúe participando de una nueva experiencia.
Aparece entonces la transformación. El lugar cambia de función y adquiere nuevas posibilidades de uso, pero su transformación no supone la desaparición de su pasado. La arquitectura existente se convierte en el soporte de una nueva realidad, demostrando que una intervención puede modificar las condiciones de un lugar sin desvincularse completamente de aquello que lo precede.
La siguiente etapa es la apropiación. El proyecto establece unas condiciones espaciales, pero no determina por completo aquello que sucederá en ellas. Las personas utilizan, recorren y reinterpretan los espacios, generando actividades y experiencias que pueden exceder las intenciones iniciales del diseño. Esta apertura se relaciona con la propuesta de Leatherbarrow de que el proyecto debe combinar su propia intencionalidad con la posibilidad de que aparezcan acontecimientos que no han sido previstos.
La apropiación introduce necesariamente el tiempo. El edificio continúa transformándose a través de las actividades que alberga, de las huellas que acumula y de las nuevas relaciones que establece con sus usuarios. La arquitectura deja de ser únicamente aquello que fue proyectado y se convierte también en aquello que ocurre dentro de ella.
Finalmente, esta relación conduce a una idea particular de permanencia. El SESC Pompéia no es efímero en el sentido convencional: su estructura no está destinada a desaparecer. Sin embargo, puede entenderse como una arquitectura de lo efímero si esta condición se relaciona con su capacidad de transformación. Lo que cambia no necesariamente es su materia, sino sus usos, experiencias y significados. La arquitectura puede ser permanente en su estructura y, al mismo tiempo, cambiante en su experiencia.
Esta lectura permite cuestionar la idea de que la arquitectura debe controlar completamente su futuro. Si la topografía, según Leatherbarrow, establece las condiciones bajo las cuales se realizan las intenciones del proyecto, entonces el arquitecto no produce ni controla por completo aquello que ocurrirá, sino que participa en un campo de posibilidades. Diseñar implica, por tanto, establecer condiciones y aceptar la aparición de aquello que todavía no ha sido previsto.
En este sentido, la arquitectura transformable no es solamente aquella que puede modificar físicamente sus espacios, sino aquella que permanece abierta a las acciones del tiempo, del ambiente y de quienes la habitan. Quizás la arquitectura no permanezca porque resista al cambio, sino porque es capaz de incorporarlo. Su permanencia puede encontrarse, paradójicamente, en su capacidad de transformarse sin perder por completo la memoria de aquello que ha sido.
Así, pensar la arquitectura desde la topografía de Leatherbarrow implica comprenderla como un proceso que comienza antes del proyecto y continúa después de su construcción. El SESC Pompéia evidencia esta condición al conservar las huellas de un lugar existente mientras permite que nuevas experiencias se desarrollen sobre ellas. La arquitectura se convierte entonces en un registro vivo, donde el pasado permanece latente, el presente se experimenta y el futuro se mantiene abierto.
La arquitectura no permanece porque conserve intacta su forma, sino porque es capaz de recibir nuevas huellas sin dejar de recordar las anteriores.
| Vista desde arriba del antiguo almacén de la fábrica de Pompéia |
Considero que el texto, señala una idea proyectual que deberia seguirse si no en todos los casos, en la mayoria, así como se menciona con leatherbarrow y con el SESC de Pompéia, se debe entender primero qué le incide al proyecto, que es lo que le está afectando para formarse, no es el proyecto el que afecta al entorno sino el entorno el que afecta al proyecto, y dentro de todo topografia y memoria podrian estar en la misma categoria, no se puede afectar a uno sin pensar en el otro se deben reconocer en simultaneo, creo que hay una delgada linea en la fase de la transformación que se deberia pensar con mayor profundidad, debido a qué esta etapa podria terminar convirtiendose en la antitesis de las dos anteriores, similar a como sucede en la casa da musica de OMA, el proyecto así fuera condicionado por su enterno y su memoria termina dejando una huella propia, asumiria que esa fase es prescindible, el resultado dependerá de las primeras dos etapas, pero la tercera podria llegar a variar acorde a lo que suceda previamente. La conclusión me parece acertada dentro de todo, en una sintesis de lo que deberia ser la aproximación proyectual, no controlamos lo que va a ser el proyecto, solo somos traductores de lo que el proyecto nos dice que va a ser.
ResponderEliminarMe parece que se explica de manera clara cómo la permanencia en la arquitectura no depende de que un edificio permanezca igual, sino de su capacidad para transformarse sin perder la memoria del lugar. La relación entre las ideas de Leatherbarrow y el SESC Pompéia está muy bien construida, ya que el ejemplo permite comprender cómo una intervención puede respetar las huellas del pasado mientras genera nuevas formas de apropiación y uso. Además, la conclusión o reflexión final resulta muy interesante porque invita a pensar la arquitectura como un proceso continuo, donde el tiempo y la experiencia de las personas son tan importantes como la construcción misma.
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