La arquitectura como Psique
La arquitectura, a diferencia de otras disciplinas como la
ingeniería, es considerada un arte a la par de la música, la danza o la
pintura. Sin embargo, es posible argumentar que es la mayor de las artes.
Cuando un escultor talla un pedazo de madera para realizar una figura hermosa,
está haciendo arquitectura; de igual manera, cuando los sonidos del entorno
envuelven al individuo y generan un espacio auditivo, eso también es
arquitectura. A menudo se dice que es el arte del tacto, pero en realidad es una
de las pocas disciplinas artísticas que involucra múltiples sentidos
fisiológicos: es un arte que crea experiencia.
Se dice que el cine es el arte de capturar el tiempo, de
inmortalizar un fotograma para la eternidad. Partiendo de esta premisa, cabe
preguntarse: ¿la arquitectura es el arte de qué? ¿Qué busca la arquitectura en
sí misma? Definitivamente no es el tiempo, porque este se escapa de los muros.
Aunque una estructura espacial pueda durar milenios, su significado fluye y
muta; la arquitectura no captura el tiempo para la eternidad como lo hace
magistralmente el cine.
La respuesta más intuitiva sería que la arquitectura es el
arte del espacio. Sin embargo, para definirla de esta manera, primero es
necesario entender qué es el "espacio", y aquí es donde el tema se
complejiza. El historiador August Schmarsow se refiere al espacio como una
proyección del sujeto desde su interior; lo concibe como un organismo vivo que
inicia con el individuo, donde la experiencia sensorial es la que le da forma.
En este punto se une el sujeto con la arquitectura: la presencia humana genera
espacio y, por consiguiente, crea un horizonte, el cual puede ser leído por
otro individuo que, al mismo tiempo, posee el suyo propio.
Cuando el ser humano creó la fogata, dio inicio al primer
horizonte visible. La luz que emanaba de su interior generaba un espacio, y en
la oscuridad de la noche, donde la visión se nubla, esta se convertía en el
único límite perceptible. Aquí se entiende el espacio como
"horizonte", no como la línea geográfica que divide la tierra del
cielo, sino como el "aura" que desprende el sujeto o el objeto “como
la fogata” que se vuelve una extensión de este. Si el individuo no la
entendiera como algo propio, no podría guiarse por su horizonte. Es
precisamente en esta concepción donde surge la idea de que la arquitectura es el
arte del alma.
En este sentido, no se busca hallar una definición técnica o
absoluta de la disciplina, sino comprenderla desde una perspectiva puramente
artística. Pero, ¿por qué llamarla "el arte del alma"? Aunque pueda
sonar genérico o poco intelectual, para entender la profundidad de esta
afirmación es necesario analizar obras como las Termas de Vals del arquitecto
Peter Zumthor.
Zumthor creó un espacio introspectivo dentro de estas
termas; un lugar cerrado al exterior que, en términos sencillos, podría
describirse como un bloque gris con un cierto número de aberturas. La única
forma de entender la belleza de esta obra es accediendo a su interior, es
decir, entrando al alma del proyecto. El edificio se cierra sobre sí mismo y la
luz se vuelve escasa, pero adquiere un valor inmenso cuando baña las paredes de
piedra. El vapor del agua envuelve el lugar y lo transforma en un horizonte místico
que se convierte en la realidad del visitante por un instante. Al igual que la
fogata absorbe la atención con su luz, las termas cambian la percepción de la
realidad a través de los sentidos.
¿Por qué del alma? Porque esta se conecta íntimamente con
las sensaciones, las emociones y los pensamientos. Zumthor creó un horizonte
para cada uno de estos aspectos. Al experimentar ese espacio interior, el
visitante termina adentrándose en su propia psique y en su mundo interior.
Peter Zumthor utiliza el término "atmósferas" para
referirse a la creación de espacios con una intención clara, diseñados para
evocar sensaciones o emociones específicas. El ser humano experimenta su
existencia de adentro hacia afuera; por lo tanto, cuando construye, está
proyectando su interior sobre el exterior, trasladando su esencia “su alma” al
plano físico.
La arquitectura se vuelve así una reinterpretación del alma. Sin embargo, no puede existir más que como un escenario de
fondo, ya que, sin un sujeto que la habite y la experimente, pierde su sentido
más esencial. Si la obra arquitectónica fuera la única protagonista, pasaría a
ser una escultura; la verdadera arquitectura siempre coloca al ser humano como
el protagonista indispensable.
El texto resulta interesante porque entiende la arquitectura como una experiencia vinculada a las emociones y los sentidos, más que como un objeto construido. Sin embargo, me pregunto si esta visión deja en un segundo plano aspectos como la función o las necesidades prácticas. Además, si la arquitectura solo adquiere sentido cuando es habitada, ¿una obra deshabitada deja de ser arquitectura o simplemente cambia la forma en que se experimenta?
ResponderEliminarEl texto esta bien argumentado y las transiciones entre el arte, el tipo de arte, la comparación con el arte y la pregunta sobre el tipo de arte que se pregunta sobre el espacio, para explicar el referente bajo la lógica del arte del alma, es una narración poética bastante valiosa.
ResponderEliminarSin embargo al afirmar que la arquitectura no captura el tiempo porque el significado fluye y muta, ¿no es precisamente el envejecimiento de los materiales, la ruina y el desgaste lo que captura el paso del tiempo de forma más tangible que un fotograma de cine? El cine congela un instante falso; la arquitectura soporta el peso real del tiempo histórico.
Me atrapó la idea de la fogata como "el primer horizonte visible" una imagen fuerte y original, que no depende de citar directamente a ningún autor: basta con que algo genere un límite perceptible en la oscuridad para que exista horizonte. El ejemplo de las Termas de Vals sostiene bien esa idea, con el vapor y la piedra generando ese "horizonte místico".
ResponderEliminarDonde creo que el texto se queda corto es en el salto final hacia "el arte del alma": es sugerente, pero se apoya más en la intuición que en un argumento desarrollado. Me hubiera gustado una frase que explicara por qué proyectar el interior hacia afuera equivale a un alma, y no simplemente a percepción o experiencia.
Si aceptamos que la arquitectura depende principalmente de la experiencia interior del individuo, entonces el significado arquitectónico se vuelve profundamente subjetivo. ¿qué ocurre cuando diferentes personas experimentan el mismo espacio de maneras completamente distintas?
ResponderEliminarLas Termas de Vals pueden generar introspección, calma o incluso una experiencia casi espiritual para algunas personas, pero para otras pueden ser simplemente un lugar agradable para bañarse. Ninguna de las dos experiencias sería incorrecta. Esto plantea una tensión interesante. Asumir que la arquitectura tiene la capacidad de conducir al usuario hacia determinadas emociones, cuando en realidad la experiencia nunca está completamente bajo control del arquitecto.
Incluso la noción de "atmósfera" en Zumthor puede entenderse desde esta ambigüedad. El arquitecto puede diseñar ciertas condiciones de luz, materialidad, temperatura, sonidos etc. Pero no puede garantizar una respuesta emocional específica. Lo que hace es construir un marco de posibilidades perceptivas. La experiencia final siempre depende de la memoria, el estado de ánimo, la cultura y la historia personal de quien recorre el espacio.
Por eso me parece interesante preguntarse si la arquitectura es realmente una proyección del alma del diseñador o si más bien se convierte en un lugar de encuentro entre múltiples subjetividades. Tal vez el valor de obras como las Termas de Vals no radica en transmitir una emoción concreta, sino en su capacidad para admitir interpretaciones distintas sin perder intensidad. El mismo espacio puede ser contemplativo para una persona, inquietante para otra o simplemente memorable para una tercera.
En ese sentido, la arquitectura no sería únicamente el arte de expresar un mundo interior, sino también el arte de construir escenarios donde diferentes mundos interiores puedan coexistir. Esa posibilidad de ser experimentada de maneras diversas quizá complejiza, o fortalece, la idea de la arquitectura como "arte del alma", porque ya no hablaríamos de una única alma proyectada hacia afuera, sino de muchas que encuentran en el espacio un lugar para reconocerse de formas distintas.