La arquitectura como lugar, el lugar de la cuaternidad

El filósofo Martín Heidegger plantea una reflexión sobre el construir desde el lenguaje, de manera que este no comprende estrictamente materiales y técnicas, sino una dimensión mucho más profunda: el habitar. Para entender esto se remonta al término buan (construir) que significa originalmente habitar, lo cual revela que el modo en que los seres humanos somos en la tierra es, precisamente, habitando. Esta conexión establece el habitar como una cualidad intrínseca del ser humano mortal, en consecuencia, construir no es la condición para habitar; por el contrario, construimos porque ya habitamos.

Esta idea cuestiona una comprensión habitual de la arquitectura según la cual el ser humano edifica con el fin de satisfacer una necesidad de refugio y habitar posteriormente aquello que ha construido. Sin embargo, el habitar no equivale a ocupar o poseer un espacio terminado, sino a una manera de establecer vínculos. Construir, entonces, es una manifestación de ese habitar previo.

El construir entendido como cuidar, es un acto que no busca dominar la naturaleza, sino preservar su esencia y dejar que las cosas sean. Heidegger enseña que este cuidado se manifiesta en la protección de la Cuaternidad: la unidad de la tierra, el cielo, los divinos y los mortales. El filósofo afirma que el habitar no se desarrolla únicamente en la vivienda, cualquier construcción puede convertirse en un lugar cuando logra dicha unidad.

La Capilla de Bruder Klaus, de Peter Zumthor, permite comprender esta idea en cuanto construye una experiencia de presencia. La arquitectura crea relaciones, es decir, produce lugar.  Heidegger explica esto mediante el ejemplo del puente, cuya importancia no consiste en unir dos orillas existentes sino en hacer que las orillas aparezcan y se revelen como tales. Del mismo modo, una obra arquitectónica no adquiere sentido por su forma aislada, sino por la capacidad de revelar relaciones entre las personas y el mundo. La arquitectura crea un ámbito de encuentro donde el espacio deja de ser una extensión abstracta para convertirse en algo tangible.

La experiencia del interior de la capilla evidencia esta condición. La penumbra, la textura de sus muros, el silencio y la presencia cambiante de la luz no pretenden únicamente representar una idea religiosa de forma explícita. Más bien, suspenden el ritmo cotidiano y predisponen al visitante a una experiencia de contemplación. En ese estado de recogimiento, la arquitectura no comunica mediante símbolos, sino mediante la posibilidad de habitar el tiempo de otra manera. El espacio permite que el ser humano tome conciencia de sí mismo, de su relación con la naturaleza y de su propia condición finita.

En este sentido, la referencia a los divinos en Heidegger no debe entenderse exclusivamente desde una dimensión religiosa. La espera de los divinos alude a la apertura hacia aquello que excede el dominio humano, hacia el misterio y lo que permanece oculto. Una arquitectura que custodia la Cuaternidad no pretende explicar ese misterio ni convertirlo en un objeto; simplemente crea las condiciones para que pueda manifestarse. El reconocimiento de los mortales implica aceptar la finitud como parte esencial del habitar, comprendiendo que construir también significa dejar un lugar para aquello que nos trasciende.

Sin embargo, la modernidad atraviesa para Heidegger una crisis en el sentido más profundo del habitar. La producción en serie ha desplazado la capacidad de la arquitectura para establecer vínculos significativos entre el hombre y el mundo. Reflexionar sobre la Capilla de Bruder Klaus nos lleva a reconocer que la arquitectura puede recuperar esa dimensión originaria cuando deja de entenderse como un objeto autónomo y se concibe como una práctica capaz de hacer aparecer lugares. Su valor no radica en reproducir un modelo, sino en mostrar que la esencia del construir reside en la posibilidad de reunir aquello que normalmente permanece disperso: el hombre, la naturaleza, el tiempo y el misterio. La arquitectura se convierte así en un recinto donde la Cuaternidad puede acontecer.

En conclusión, construir es una forma de habitar y habitar es, cuidar. La arquitectura crea relaciones entre el ser humano, el espacio, y aquello que lo sobrepasa.  Cuando el construir nace del cuidado es posible hablar de arquitectura en un sentido pleno: un lugar que no solo alberga cuerpos, sino que preserva las condiciones para que el hombre pueda habitar el mundo. En este orden de ideas, construimos porque habitamos y habitamos en la medida en que construimos. La arquitectura aparece entonces como el recinto de la Cuaternidad, como un lugar.

Comentarios

  1. Lo que más llama la atención del texto es la idea de que la arquitectura no solo construye edificios, sino también relaciones entre el ser humano y el mundo. Sin embargo, me pregunto si es posible aplicar esta visión del habitar en ciudades contemporáneas, donde muchas veces las condiciones económicas, la densidad urbana y la rapidez de la construcción limitan la posibilidad de crear esos lugares que propone Heidegger.

    ResponderEliminar
  2. El texto explica de manera detalla el pensamiento de heidegger sobre el habitar, y usar la capilla de bruder klaus como un referente para explicar la teoria me parece un gran acierto, pues logras ejemplificar la cuaternidad y la materializas en la pequeña iglesia realizada por Zumthor, aunque siento que el texto se queda corto solo con la teoria de Heidegger, pues falto una perspectiva de arquitectoque que hable en base a la teoria de Heidegger, igualmente es un texto que ejemplifica de manera detallada la teoria del habitar, por lo que me parece interesante

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Antes del muro: cuerpo, espacio y habitar en la arquitectura

La arquitectura como construcción de orientación: cuerpo, recorrido y memoria espacial