Historia o Arquitectura
Según David Leatherbarrow, la topografía sirve como registro e invitación a la praxis humana. Las superficies se saturan de huellas de conductas típicas, transformándose en una crónica o calendario que dobla las líneas del tiempo para superponer pasado, presente y futuro en el acto de habitar. La topografía es capaz de almacenar demasiados significados, pero también su valor de heterogeneidad genera grandes perspectivas sobre la arquitectura.
¿Está bien afirmar que la arquitectura debe morir? La
arquitectura nunca va a morir mientras siga existiendo un solo ser humano;
pues, al estar vivo y caminar por las praderas, está “habitando”, y con la
búsqueda de un refugio podremos encontrar atisbos de arquitectura. Pero cuando
hablo de la muerte de la arquitectura, me refiero a la crisis actual entre la
civilización como un todo y las culturas individuales. ¿Es acaso necesario
perpetuar la cultura a partir de la arquitectura? Se debate así la búsqueda de
una homogeneidad o de una heterogeneidad en la arquitectura.
No existe capricho cultural para la arquitectura. La
diferencia entre la forma y la materialidad de un iglú y una maloca es clara, y
se entiende el porqué de sus diferencias. Como cité al principio, la topografía "ya sea desde un ámbito cultural o desde su propia forma" genera cambios
abruptos a lo largo del eje horizontal.
El problema radica en que se ha perdido la búsqueda de
entender la topografía. El sujeto se desentiende del entorno, donde la mayoría
del espacio se vuelve un “no lugar”, entendido como aquel espacio que no está
pensado para ser habitado. El mayor problema con aquello, más allá de la alienación
dentro de tu propio contexto, es la pérdida de memoria debido a que el mismo espacio se
encuentra aquí que a 30 metros pues no ofrece una “ubicación” ni genera emoción
alguna, más allá de un mal sabor de boca. Esto difiere de la topografía de
Leatherbarrow, que sirve como un antecedente de lo que fue y de lo que será.
Es necesario volver a entender a Heidegger cuando expresaba
su idea de la cuaternidad, en donde el lugar debía conectarse con el cielo y la
tierra para ser considerado lugar. El problema actual es que no existe esa
conexión: el mismo edificio cúbico, sin algún interior esencial, estará tanto
en Bogotá como en Dubái; se perdió la conexión con la topografía y la vertical
del cielo.
Un proyecto que es la antítesis de todo esto es el Centro
Cultural Tjibaou en Nueva Caledonia. Renzo Piano se enfrentó al reto de honrar
a la cultura indígena Kanak sin caer en una copia literal o en un folclore
superficial. Su respuesta fue diseñar estructuras que recuerdan a las cabañas
tradicionales Kanak, pero construidas con una mezcla de madera de iroko, acero
y vidrio. Igualmente, las formas curvas responden directamente a la topografía
del istmo y están calculadas para captar y dirigir los vientos alisios del
Pacífico, ventilando los espacios de forma natural. El Centro Cultural es una
gran muestra de la búsqueda de una identidad cultural, pero potenciada por los
avances tecnológicos actuales.
Es complejo tratar la arquitectura fuera de su topografía y
su entorno. La búsqueda de homogeneizar solo lleva a una alienación profunda
dentro de la población; pero tampoco se trata de replicar la maloca o el iglú
en la ciudad contemporánea, sino de rescatar su sensatez material y espacial
utilizando el lenguaje técnico de nuestro tiempo.
Por último, es necesario que la arquitectura también sea de
carácter mortal, que se permita cambiar y morir. Pues las culturas, al igual
que los mortales, mueren y cambian. Y la búsqueda de una desesperada nostalgia
impide un avance social y a nivel arquitectónico, quedándose en el horizonte
del pasado y no siendo capaz de vislumbrar el futuro. La arquitectura existe en
función del sujeto que la habita; por lo que se vuelve un ser cambiante: aunque
puede durar milenios, los hábitos impregnados en ella cambian dependiendo del
sujeto que la experimente.
Tampoco tenemos que dejar de lado el ámbito histórico de la
arquitectura, es complejo tratar a las pirámides de guiza o a Teotihuacan como
arquitectura en si, alguna vez lo fue, pero actualmente estos proyectos son
observados como monumentos, no existe algún habito dentro de si mas allá de ser
figuras publicas y buscar un ¿Por qué? A sus formas. Entonces se vuelve una
duda ¿Acaso existe una solución a la crisis? A la final la arquitectura es el
mayor receptáculo de historia, pero llega un punto donde muere como
arquitectura para pasar a ser historia.
Me parece interesante la forma en que planteas la muerte de la arquitectura como la pérdida de una relación activa con la cultura que la produjo. Sin embargo, considero que el texto establece una separación demasiado rígida entre arquitectura viva e historia. Si aceptamos que una obra deja de ser arquitectura cuando cambian los hábitos para los que fue concebida, entonces prácticamente cualquier edificio histórico terminaría perdiendo su condición arquitectónica. Creo que precisamente una de las capacidades de la arquitectura es admitir nuevas formas de apropiación sin perder su esencia. Un edificio puede transformarse culturalmente y seguir produciendo experiencias espaciales significativas, aunque ya no responda a su función original. En ese sentido, más que hablar de una muerte de la arquitectura, hablaría de una transformación constante de su significado.
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