Heterogeneidad, reconocer a quienes habitan un espacio

 La vida humana rara vez es homogénea, incluso dentro de una misma familia, un mismo edificio o una misma cuadra conviven formas de habitar completamente distintas entre sí, ya que las costumbres, los ingresos, los ritmos y hasta los silencios de cada persona son diferentes, por lo que pretender resolver el habitar mediante una única solución arquitectónica termina por dejar a alguien afuera, en algún rincón que no fue pensado para su forma particular de existir. La heterogeneidad, entonces, no es un accidente del espacio construido, sino una condición que la arquitectura puede negar mediante la repetición y la uniformidad, o por el contrario, puede recibir y hasta propiciar, dejando que sea el tiempo y quienes habitan quienes terminen de escribir el edificio.

Esta segunda posibilidad, la de diseñar pensando en que el edificio será distinto según quien lo habite, se materializa en la Torre Cápsula Nakagin, en Tokio, obra de Kisho Kurokawa. El edificio se compone de ciento cuarenta cápsulas prefabricadas, idénticas entre sí en su estructura base, ensambladas alrededor de dos núcleos centrales de concreto. Sin embargo, la propuesta original nunca imaginó ese conjunto como algo fijo: cada cápsula podía desmontarse, reemplazarse o actualizarse de manera independiente, según las necesidades de quien la habite, sin necesidad de intervenir el resto de la torre. Aunque realmente esas cápsulas jamás llegaron a renovarse como se planeó, y el edificio terminó siendo demolido tras décadas de deterioro, la intención detrás de su diseño sigue siendo importante: pensar la arquitectura no como una forma final y cerrada, sino como una estructura capaz de alojar la heterogeneidad de sus habitantes a lo largo del tiempo.

Un caso donde esa heterogeneidad sí llegó a manifestarse por completo es la Quinta Monroy, en Iquique, Chile, proyecto de ELEMENTAL. Frente al reto de construir vivienda social con un presupuesto mínimo, en lugar de entregar una casa terminada y homogénea para cada familia, se optó por construir solo la mitad de una buena casa: la estructura, los servicios básicos y una envolvente parcial, dejando el resto del volumen como un vacío previsto para que cada familia lo completara según sus propios recursos, necesidades y deseos con el paso de los años. El resultado, que hoy podemos observar, es un conjunto donde la estructura original, idéntica para todas las unidades, se ha convertido fachadas absolutamente heterogéneas: distintos materiales, colores, alturas y usos que hacen casi irreconocible la repetición que existía en el origen del proyecto.

Esa heterogeneidad no debería leerse como un desorden o como el fracaso de un plan maestro, sino como evidencia de que ahí efectivamente hay vida ocurriendo; basta comparar estos dos casos con conjuntos de vivienda masiva, donde cada bloque, cada fachada y cada balcón son pensados para repetirse de manera idéntica a lo largo de toda la construcción, para entender que la homogeneidad forzada no elimina la diversidad de quienes habitan, simplemente la esconde o la reprime, generando con el tiempo un desajuste entre el edificio y la vida real que intenta contener. Ese desajuste, en algunos conjuntos de vivienda masiva construidos bajo esta lógica de repetición total durante el siglo XX, terminó por manifestarse como abandono, deterioro o incluso demolición, precisamente por no haber dejado espacio para que la diferencia habitara en la forma construida.

Podría decirse que la heterogeneidad en la arquitectura funciona como una especie de honestidad material: un edificio que permite ser distinto en cada una de sus partes está reconociendo, de alguna manera, que quienes lo habitan también son distintos entre sí, con historias, cuerpos y necesidades que no caben en una sola tipología repetida. La Torre Nakagin lo intentó desde la estructura misma, imaginando cápsulas reemplazables; la Quinta Monroy lo logró desde la incompletud deliberada, dejando que fueran las propias familias quienes terminaran el edificio. En ambos casos, lejos de tratarse simplemente de una estrategia técnica o económica, muestra una postura sobre qué papel debe cumplir el arquitecto: no el de definir de manera total y definitiva cómo se vivirá un espacio, sino el de proponer una base capaz de sostener transformaciones que ni siquiera el propio proyectista puede anticipar del todo. Así como el habitar moldea el espacio y el espacio termina moldeando el vínculo entre quienes lo comparten, la heterogeneidad es la huella visible de esa relación: cada intervención distinta, cada ampliación irregular, cada color elegido de forma distinta al del vecino, no rompe la arquitectura, la completa, recordándonos que ningún proyecto, por más cuidadosamente diseñado que esté, puede ni debería terminar de escribirse sin la vida de quienes finalmente lo van a habitar.

Vale la pena notar, sin embargo, que la intención de dejar espacio para la diferencia no es suficiente, la Torre Nakagin proponía la heterogeneidad como posibilidad técnica, pero nunca entregó los medios económicos ni logísticos, para llevarla a cabo, y por eso esa pese a la buena intención, termino por no cumplirse; la Quinta Monroy, por otra parte, no solo dejó el vacío, sino que entregó junto con él la autonomía necesaria para llenarlo, entendiendo que la heterogeneidad no es solo una cualidad formal, sino una cuestión de a quién se le permite decidir sobre su propio espacio. Puede que ahí este la diferencia entre una arquitectura que imagina la diversidad y una que efectivamente la hace posible: no basta con dejar un hueco, es necesario también buscar ceder, aunque sea en parte, el control sobre cómo ese hueco se habitará.

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