Habitar sin plano: la atmósfera como profundidad carnal y horizonte

Termas de Vals / Peter Zumthor - 1996

La planta arquitectónica, el corte horizontal, la proyección ortogonal vista desde arriba, no es un instrumento neutro. Es, literalmente, la forma construida de lo que Merleau-Ponty llama pensamiento de sobrevuelo y lo que Patočka llama espacio impersonal, de tercera persona: un espacio pensado por un observador que no está en ningún lugar, que ve todo el edificio a la vez desde una altura que ningún cuerpo real ocupa jamás. Diseñar desde la planta, hacerla el punto de partida del pensamiento arquitectónico, es imponerle al espacio habitado la lógica que Descartes le impuso a la visión en la Dióptrica: un espacio en sí, homogéneo, partes extra partes, "contado" desde afuera antes de ser vivido desde adentro. La atmósfera es lo contrario: es la manifestación construida de lo que Merleau-Ponty llama profundidad carnal y de lo que Patočka llama horizonte. No se dibuja: se genera en el cruce entre un cuerpo que ve y es visto, que toca y es tocado, y una materia (piedra, agua, vapor, luz rasgada) que responde a ese cuerpo en vez de simplemente estar frente a él.

Merleau-Ponty le reprocha a Descartes haber "desembarazado" la visión de todo lo que tiene de enigma, reduciéndola a una operación entre un ojo que recibe y un pensamiento que decodifica, sin que nada de eso comprometa al cuerpo. El resultado es un espacio "contado a partir de mí mismo" pero pensado como si fuera visto por "un tercer testigo" o "un geómetra que la reconstruye y la sobrevuela", un espacio que el pensamiento recorre sin punto de vista propio, transportable por completo a tres ejes rectangulares. Eso es, con una precisión casi incómoda, lo que hace una planta: proyecta el edificio desde un punto de vista que nadie tiene, para que cualquiera pueda "leerlo" de un vistazo. Es útil, incluso necesario como herramienta (Merleau-Ponty no niega el valor de la ciencia, ni Patočka el de la geometría), pero se vuelve un error cuando ese sobrevuelo deja de ser una herramienta de verificación y se convierte en el origen del pensamiento arquitectónico, en el molde que decide de antemano qué es el espacio antes de que nadie lo habite.

Patočka traza una distinción que le da nombre preciso a este problema: no es lo mismo estar en el espacio como parte de él, al lado de las demás cosas, que vivir espacialmente, es decir, relacionarse con el espacio desde un cuerpo que es él mismo espacial "en sí y de sí", que produce su propia localización en vez de simplemente ocuparla. Un edificio pensado solo desde la planta corre el riesgo de quedar en el primer registro: una disposición de objetos correctamente acomodados en un continuo homogéneo, correcta en tercera persona pero muda en primera. Lo que Patočka llama el ser en tercera persona, el que "existe en relación a otras dos personas" pero cuyo aspecto personal casi no se nota, es exactamente la posición del habitante dentro de un edificio diseñado solo desde su proyección: alguien que recorre relaciones ya resueltas por otro, en vez de generar su propia relación con el lugar.

Aquí está, creo, el punto más fértil del argumento. Merleau-Ponty dice algo muy específico sobre la profundidad: no es una tercera dimensión derivada de las otras dos, como la entendía Descartes, deducible del ancho y el alto, sino más bien la primera, porque es la experiencia de la reversibilidad de las dimensiones, "una localidad global en la que todo es a la vez", donde ancho, alto y distancia son abstracciones posteriores a algo más simple: que una cosa está ahí. Patočka llega a una conclusión estructuralmente idéntica desde otro lado: el horizonte no es un límite que se pueda fijar en un plano, es "la autopresencia de lo que no está presente", lo más lejano e inasible, y sin embargo es eso, no lo más cercano y medible, lo que determina el sentido de lo más próximo y concreto. Esto es exactamente lo que pasa en una atmósfera arquitectónica bien lograda: no se organiza por distancias medibles en un plano, sino porque lo más próximo (la piedra bajo la mano, el calor del agua en la piel) recibe su sentido de lo más lejano e impreciso: un eco que no se sabe de dónde viene, una penumbra que no deja ver el fondo de una sala, una luz que entra por una ranura sin que se vea su origen. La planta puede registrar dónde están las cosas; no puede registrar esta relación, porque esta relación no es geométrica, es carnal y horizontal en el sentido de Patočka.

Hay un pasaje de El ojo y el espíritu que funciona casi como una descripción anticipada de las Termas de Vals. Merleau-Ponty describe mirar el embaldosado en el fondo de una piscina a través del agua: no lo ve a pesar de los reflejos y las distorsiones, sino por ellos; si el agua no estuviera ahí distorsionando la vista, dejaría de ver el fondo "como es, dónde está". El agua no es un obstáculo entre el ojo y la baldosa: es el medio que hace posible esa visión particular, y el agua misma "no está en el espacio" de manera simple, no está en otra parte, pero tampoco está contenida sin resto en la piscina. En Vals, Zumthor no diseñó primero una planta que luego se llenó de agua y vapor. Trabajó desde imágenes y atmósferas, él mismo lo describe así en Atmósferas, dando más peso a las transiciones entre espacios que a los espacios cerrados en sí. El recorrido no se organiza por legibilidad geométrica: es una secuencia de pasajes de perspectiva controlada donde uno no sabe bien qué sigue, donde la luz entra por ranuras entre bloques de piedra sin declarar su origen, donde el sonido del agua se amplifica y se pierde según la cámara de piedra que se atraviesa. Los quince volúmenes de cuarcita no son "objetos" puestos sobre un fondo neutro como en una planta: son espacio espesado, análogo a lo que Merleau-Ponty dice de la línea moderna que ya no rodea una cosa preexistente sino que la genera. Ahí el vapor no oculta la piscina: es, como el agua de Merleau-Ponty, lo que permite verla como lo que es.

Esto no significa desechar la planta como herramienta de construcción, sería absurdo, un edificio necesita levantarse. Significa invertir el orden: la planta debe ser, como pide Merleau-Ponty para la ciencia misma, un instrumento que "se vuelva a situar en un hay previo", en el suelo sensible del cuerpo que habita, y no el molde original desde el cual se piensa el espacio. Pensar la arquitectura desde la atmósfera es empezar por lo que Patočka llama la energía centrífuga del cuerpo que se proyecta al mundo, la luz que se busca, la textura que se toca, el eco que orienta, y dejar que la planta llegue después, como registro de una decisión ya tomada por el cuerpo y no como su origen lógico.

Comentarios

  1. La entrada plantea una crítica interesante a la forma en que tradicionalmente se enseña y proyecta la arquitectura, al cuestionar que la planta sea el punto de partida del diseño. Me parece valioso que, apoyándose en Merleau-Ponty y Patočka, proponga entender el espacio desde la experiencia corporal y la atmósfera, reconociendo que la arquitectura adquiere sentido cuando es vivida y no solo representada. El ejemplo de las Termas de Vals refuerza esta idea al mostrar que elementos como la luz, el agua, el sonido y las texturas son capaces de construir el espacio de una manera que ningún plano puede expresar por completo. Considero que esta reflexión invita a replantear los procesos de diseño, entendiendo los dibujos arquitectónicos como herramientas de representación y construcción, pero no como el origen de la experiencia espacial.

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