Habitar la ausencia: Cuando el espacio conserva formas que ya no existen
Habitar en sí, puede ser una experiencia tanto personal como colectiva, en muchas ocasiones se puede decir que frente a ciertos lugares primero se habitan y luego se existe, ya que las características del espacio como la escala, la temperatura, la luz y las texturas pueden generar sensaciones en quien lo habita de manera que lo conmueva, como muchas veces lo logran las iglesias, cambiando la percepción del momento, la compañía e incluso su espiritualidad en ese caso. Por ahora mediante la percepción de Jan Patočka sobre la influencia de la comunidad y la interacción humana frente al espacio se puede explorar la importancia de las relaciones en el habitar, Patočka advertía que nuestra existencia no se construye en aislamiento, sino en el anclaje con la comunidad y el cuerpo del otro, habitar es, por definición, un acto relacional.
Teniendo en cuenta la expresión "El vacío que deja la relación con el otro al morir, genera un vacío en el cuerpo que pone en evidencia la existencia propia" si bien tiene gran peso y sentido, también puede explorarse la idea donde no solo al morir tiene peso la existencia, o en este caso la ausencia del otro, muchas veces al terminar una relación, una amistad, una interacción que marque la existencia propia puede mostrar los vacíos y desbalances en la misma, el tomar un determinado recorrido, un paseo, significar un espacio con determinada persona; genera que al visitar en soledad ese o esos lugares tras la muerte del vínculo no se vuelva percibir de la misma manera, a menos que se resignifique con nuevas personas o experiencias. Podría decirse que la arquitectura tiene más importancia en la experiencia de la construcción de un vínculo de lo que a diario se percibe, ya sea un rincón del espacio o al aire libre, así como el habitar moldea el espacio, el espacio moldea el vínculo y el duelo del mismo.
Esta materialización del dolor no es ajena a la gran escala, se puede analizar el Museo judío de Berlín de Daniel Libeskind donde se materializa el concepto de perdida y desaparición de toda una comunidad, mediante vacíos en la arquitectura muestra las cicatrices que deja en la comunidad como una mutilación en la misma, desde su forma e implantación de acuerdo al contexto se podría decir que busca la incomodad mediante un volumen tan frío e inmenso, con vacíos que junto al clima permiten experimentar sensorialmente el dolor que representa el edificio, generando en algunos visitantes el impacto histórico y en otros la conciencia del estar vivos obligándolos a ser conscientes de si mismos, algo que muchas veces se busca evitar tras la perdida.
Los vacíos físicos que muestra el museo Judío se puede experimentar en el día a día incluso con la arquitectura que se construye al habitar un espacio, los cuadros, los muebles, las plantas, los ritos que se transforman por el habitar con alguien y que cuando esa comunidad de dos o más se rompe, las rutinas colapsan, que si en el mejor de los casos llega la costumbre tiene un fin ese dolor, en el caso contrario se continúa el diario con la ausencia, como grietas que crecen con el tiempo en una pared que paradójicamente llenan el espacio; un ente que si bien físicamente no cambia su escala ni su dimensión por el vacío y el silencio logran que de alguna manera se sienta exageradamente amplio moldeando la ausencia. En el intento de transformarlo para eliminar esas huellas, ya sea moviendo los muebles, agregando decoraciones, aunque ayuda, en parte se siente traicionar un ritual al borrarlo poco a poco ya que no solo se rompe el espacio como lo conocíamos, sino el vínculo también, una remodelación forzosa a los recuerdos y el habitar.
La expresión de la casa vacía muchas veces va más allá del significado de la casa, aunque a su vez despersonaliza el dolor y lo pone sobre un objeto, o en este caso en un lugar que representa seguridad y hogar; si bien la vida es un constante habitar y una secuencia de rutinas, estas cicatrices tienen un impacto tan fuerte como lo son los vacíos en la fachada del museo judío, al igual que el luto le hace al cuerpo al perforarlo y enfriarlo; aunque la memoria y el sentir pueden ser frágiles, las paredes y los lugares no lo son. Ir a ese rincón de la casa, de una biblioteca, a esa banca del parque, es encontrarnos de frente con el vacío resultante sabiendo que al resignificar el lugar o llevar a alguien más, si bien el espacio no se desvanece, los ecos y los recuerdos de ese alguien si.
Mientras leía el texto también pensé en la relación entre el habitar y la topografía sgeun Leatherbarrow. Si los lugares conservan las huellas de quienes los habitaron, entonces esas huellas también terminan transformando la atmósfera y el significado del espacio. Opino que el Museo Judío de Berlín es un valioso ejemplo de ello, más que representar un acontecimiento histórico, el arquitecto hace que el visitante experimente una sensación de desolación, vacío e incluso cierto ahogo a través del recorrido, sus espacios estrechos y sus vacíos. Me parece interesante cómo un lugar puede comunicar una memoria sin necesidad de recurrir únicamente a objetos o textos, sino haciendo que el propio espacio se convierta en parte del relato.
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