El cuerpo que sobra
Una escalera de veinte peldaños parece, a primera vista, un elemento arquitectónico completamente ordinario. Para muchas personas representa simplemente el paso entre un nivel y otro, un gesto cotidiano tan natural que rara vez merece atención, sin embargo para otras personas puede convertirse en una barrera infranqueable. El objeto es el mismo, pero la experiencia cambia radicalmente según el cuerpo que intenta habitarlo. Esta diferencia, aparentemente simple, revela una pregunta que rara vez ocupa un lugar central en la reflexión arquitectónica: ¿para quién están diseñados realmente nuestros espacios?
El ejemplo más claro está en el propio corazón de la arquitectura moderna, el Modulor de Le Corbusier. Un sistema de proporciones basado en la figura de un hombre de aproximadamente 1.83 metros, de pie, con el brazo extendido hacia arriba, y a partir de esa silueta se calculó alturas de puertas, pasamanos, mesones, ventanas, un sistema completo pensado para racionalizar el diseño según las proporciones "naturales" del cuerpo humano. Pero ese cuerpo (masculino, alto, ágil, sin ninguna limitación física) nunca fue neutral, fue una elección. Cuando una determinada corporalidad se presenta como la norma, todas las demás comienzan a aparecer como excepciones. El problema no radica únicamente en una cuestión de medidas, sino en una forma de imaginar quién merece habitar el espacio con comodidad y quién deberá adaptarse a él.
La teórica Rosemarie Garland-Thomson ha señalado que la discapacidad no puede entenderse únicamente como una condición individual, sino también como una relación entre el cuerpo y el entorno. Desde esta perspectiva, una limitación física no surge exclusivamente de las características de una persona, sino de la manera en que el espacio ha sido diseñado, un cuerpo se vuelve "discapacitado" cuando el entorno fue diseñado sin contarlo entre sus posibles habitantes. Una escalera no constituye un problema para quien puede recorrerla sin dificultad, pero se convierte en un obstáculo cuando la arquitectura supone que todas las personas comparten la misma forma de movilidad. El "estándar", sin embargo, excluye mucho más allá de la discapacidad física evidente. Queda afuera, también, el cuerpo neurodivergente, agredido por ambientes de luz fluorescente, ruido constante o estímulo visual excesivo, diseñados sin ninguna consideración sensorial. El "habitante estándar" no solo excluye por condición física: excluye por edad, por circunstancia, por sensibilidad. Es una categoría mucho más estrecha de lo que el discurso arquitectónico suele admitir.
Imagen 1 Tomado de: suckerpunchdaily
En este sentido, el problema trasciende ampliamente el debate sobre accesibilidad, no se trata únicamente de incorporar rampas, ascensores o dispositivos de apoyo; la verdadera cuestión es filosófica, consiste en preguntarse quién aparece en nuestra imaginación cuando pensamos en el habitante de un edificio, una plaza o una ciudad. Todos los cuerpos envejecen, se lesionan, se cansan y experimentan momentos de vulnerabilidad. La fragilidad no es una excepción; es una condición fundamental de la existencia humana. Esta situación obliga a reconsiderar una de las preguntas más fundamentales de la arquitectura. Tradicionalmente se ha entendido que ciertos cuerpos deben adaptarse al espacio construido, sin embargo, quizás el problema deba plantearse en sentido inverso, tal vez sea la arquitectura la que deba aprender a responder a la diversidad de cuerpos que existen en el mundo, esto implica abandonar la búsqueda de un usuario universal y reconocer que habitar es una experiencia múltiple, cambiante y profundamente ligada a la condición corporal de cada individuo. No habitamos el mundo desde una posición exterior, lo construimos perceptivamente a través de nuestros movimientos, capacidades, límites y posibilidades. Desde esta perspectiva, no existe un único espacio arquitectónico esperando ser experimentado de la misma manera por todos, existen múltiples espacios emergiendo de múltiples formas de habitar. La arquitectura puede proyectar muros, recorridos y proporciones, pero el espacio vivido siempre termina siendo una construcción compartida entre la materia y el cuerpo que la encuentra
Al final, la discusión no trata únicamente sobre accesibilidad, normativas o soluciones técnicas, trata sobre la forma en que imaginamos a los demás; cada espacio construido expresa una idea de quién pertenece y quién queda al margen. Por ello, la pregunta más importante no es cuántos cuerpos pueden adaptarse a una arquitectura determinada, sino cuántos cuerpos fue capaz de imaginar esa arquitectura desde el principio.
Cada forma de habitar revela aspectos distintos del mundo construido y pone de manifiesto que la arquitectura no se completa cuando se termina una obra, sino cuando un cuerpo la recorre, la interpreta y le otorga significado.
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