El Cuerpo como un nexo de lo visible y de lo vivido.
El Cuerpo como un nexo de lo visible y de lo vivido.
El interés central del libro de Merleau-Ponty es el cuerpo anatómico o el cuerpo/máquina de la biología, sino en el "cuerpo operante y actual" que define nuestra posición en como nace o es el ser. Este cuerpo es descrito como un conjunto de visión y movimiento, en el cual nos encontramos sumergidos en lo visible por nuestro propio cuerpo y lo interpretamos en lo vivido en el plano común de los hechos. La paradoja fundamental radica en que mi cuerpo es, al mismo tiempo, vidente y visible. Es una cosa entre las cosas, pertenece al tejido del mundo y posee su misma cohesión, pero precisamente porque ve y se mueve, tiene a las cosas en círculo alrededor de sí.
Esta relación no es de propiedad, sino de inherencia. La persona no radica en expresar lo que ve, sino que se abre al mundo a través de la mirada. En el libro se utiliza el termino de "carne" para explicar que el mundo está hecho de la misma tela que el cuerpo; las cosas están incrustadas en nuestra carne y forman parte de nuestra definición plena. Esta "fórmula carnal" permite que las cualidades del mundo, la luz, el color y la profundidad despierten un eco en nosotros porque nuestro cuerpo las recibe y las comprende desde su interioridad.
Uno de los puntos más críticos de la obra es la deconstrucción de la visión cartesiana del espacio. En esta lógica, la profundidad debe ser meramente una "tercera dimensión" derivada de la altura y la longitud del ancho, una ilusión que el espíritu descifra por medio de signos, Merleau-Ponty rechaza el pensamiento que ya esta intrínseco de pensar simplemente en un espacio pobre el cual solo es plano, para el filósofo, el espacio no es algo que está frente a mí, sino algo que me rodea y en el que estoy englobado. Para él la profundidad es, en realidad, el vínculo enigmático que permite que las cosas estén cada una en su lugar precisamente porque se eclipsan mutuamente es la experiencia de una "voluminosidad" global donde la altura, el ancho y la distancia se vuelven abstractos ante la contundencia de que "una cosa está ahí".
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El Arte como Ciencia Silenciosa es otro punto que toma el autor, donde sostiene que el arte y específicamente la pintura, tiene una dimensión metafísica que la ciencia operativa ignora el pintor es quien "aporta su cuerpo" al mundo para transformar el mundo en pintura a diferencia de la ciencia, que busca modelos abstractos, el pintor interroga la génesis secreta de las cosas en nuestro cuerpo y trabaja con ello para generar su arte, su manera de dar a conocer su obra, su visión no es una operación de pensamiento, sino un "nacimiento continuado".
La pintura hace visible lo que la visión profana cree invisible, la textura del Ser
como ejemplo, la línea en la pintura moderna ya no es un contorno que limita un objeto, sino un "eje generador" o un vacío constituyente que hace que las cosas se formen y desciendan a lo visible. El color, por su parte, es el lugar donde nuestro cerebro y el universo se juntan, creando una materialidad que rompe la forma y el espectáculo, el arte no es un artificio, sino el la forma de expresar y que despierta las potencias durmientes de la visión ordinaria.
El Museo Judío de Berlín de Daniel Libeskind: En el edificio la estructura del museo, caracterizada por su manera de presentar el recorrido angosto, obliga al visitante a ser consciente de su propio movimiento. Aquí, la visión está "sujeta al movimiento", como describe el autor, el cuerpo no puede percibir con simple vista el edificio, debe recorrerlo, sintiendo la emoción con respecto a su avance y la resistencia de las paredes que obligan a pensar dentro de la experiencia sumergiendo al individuo a cuestionar lo vivido.
Libeskind incorpora espacios vacíos inaccesibles que atraviesan el edificio. Estos vacíos representan lo que Merleau-Ponty llama la "visibilidad secreta" o el "invisible" que sostiene lo visible, haciendo pensar sobre lo profundo y simple del nicho en base a la experiencia de la latencia y ocultamiento dentro de la misma obra. Al mirar hacia el interior de estos vacíos oscuros, el visitante experimenta la "deflagración del Ser" y la "reversibilidad de las dimensiones" que el filósofo atribuye a la profundidad verdaderas.
La Línea parte como el eje generador en las ventanas del museo que no siguen una lógica funcional o geométrica clásica, al contrario, presenta figuras que parecen brotar de una fuerza interna y que son irregulares ante el sentido común de figuras geométricas. Esto coincide con la idea de la línea como un "vacío constituyente" que no delimita una forma preexistente, sino que torna visible, una tensión interna del espacio que se entiende como una expresión del ser entre las dimensiones comunes del universo.
El Jardín del Exilio: En este espacio, el suelo está inclinado, lo que provoca una desorientación física inmediata. Aquí, el espacio no es una "red de relaciones entre objetos", sino algo que el espíritu vive "aplastado en un cuerpo suyo". La arquitectura aquí "hace hablar al espacio", obligando al sujeto a renegociar su relación con el mundo desde su "punto cero de espacialidad" y confrontarlo en una nueva realidad fuera de lo acostumbrado o netamente común, haciendo una experiencia rica y nueva para el ser.
Me parece muy acertada la manera en que el ensayo traduce conceptos abstractos de Merleau Ponty, como la "carne" del mundo o la reversibilidad entre lo visible y lo vidente, hacia un caso arquitectónico concreto. El salto del Museo Judío de Libeskind no se siente forzado, porque efectivamente el edificio "obliga" al cuerpo a moverse de una manera específica, y eso conecta bien con la idea de que el espacio no es un objeto frente a nosotros, sino algo que nos envuelve.
ResponderEliminarSin embargo, creo que el ensayo podría desglosar un poco más esa relación entre "obligar" y "libertad" que Merleau-Ponty parece defender. Si insiste en que el cuerpo se abre al mundo y lo interpreta desde su propia interioridad, ¿no hay una tensión cuando un edificio como el de Libeskind literalmente fuerza un recorrido, un ángulo, una desorientación? Pareciera que ahí la arquitectura no dialoga con el cuerpo, sino que lo somete a una experiencia predeterminada quizás más cercana al control que a la apertura fenomenológica que describe el texto.
En cuanto al Jardín del Exilio, la lectura del suelo inclinado como "punto cero de espacialidad" es el ejemplo más convincente, porque ahí sí se siente que el cuerpo, y no solo la vista, es el que reorganiza su relación con el mundo.