Cuerpo y espacio: tres versiones del horizonte
Peter Zumthor cuenta que, sentado en una plaza un jueves santo, se preguntó qué era exactamente lo que lo conmovía de ese lugar: la gente, el aire, los ruidos, los colores, las presencias materiales. Hizo entonces un experimento sencillo, quitarse mentalmente la plaza de delante, y descubrió que sus sentimientos desaparecían con ella. A eso lo llama atmósfera: una disposición de ánimo que no está solo dentro de uno ni solo en las cosas, sino en el intercambio entre ambos, algo que se percibe en décimas de segundo, antes de que el pensamiento racional alcance a explicarlo. Esa idea me hizo volver, una vez más, a la pregunta que he venido persiguiendo en los textos anteriores. Si el horizonte confronta al cuerpo con su límite, y si la topografía es el tiempo acumulado sobre el que ese horizonte se sostiene, la atmósfera añade algo distinto: el horizonte también es lo que se siente de inmediato, antes de nombrarlo, antes incluso de mirarlo del todo.
Hay un ejemplo casi literal de esto en el trabajo del artista Anthony McCall. En sus piezas de "luz sólida", un único proyector traza lentamente un cono de luz dentro de una sala llena de neblina. La gente se acerca, camina alrededor del cono, entra en él. Un crítico describió el punto donde el haz parece perderse como un horizonte lejano, todavía sin explorar. No hay paisaje ni terreno: solo luz y cuerpo, y aun así el horizonte aparece, porque basta con que algo organice la mirada hacia una distancia que nunca se alcanza del todo.
Olafur Eliasson lleva esta idea un paso más allá, y de forma casi literal. Su instalación Your Black Horizon, construida junto al arquitecto David Adjaye, es un pabellón completamente oscuro donde la única fuente de luz es una línea horizontal a la altura de los ojos, que recorre las cuatro paredes del recinto. Esa línea cambia de color cada quince minutos, siguiendo el registro real del cielo de Venecia filmado durante un solo día. El acceso al pabellón está diseñado para que el visitante entre sin nunca perturbar esa línea: el horizonte no se mira desde afuera, se habita desde dentro, siempre a la altura del cuerpo, exactamente como describía Patočka: un horizonte que se mueve con quien lo mira y que jamás se convierte en un objeto separado de él.
Aquí es donde vale la pena detenerse y mirar hacia atrás, porque el horizonte no ha sido lo mismo en ninguno de los tres textos que he escrito este semestre. En el Salk Institute de Kahn era una sola línea vertical, el cuerpo de pie frente al mar y al cielo, un límite único e infranqueable. En el Hyakudanen de Ando dejó de ser una línea para volverse topografía: cien terrazas iguales en estructura pero distintas entre sí, un mosaico sin punto de vista total, un horizonte hecho de tiempo acumulado bajo los pies. Y ahora, con Eliasson y con Zumthor, el horizonte se vuelve plural otra vez, pero de una manera distinta a la del jardín japonés: ya no son fragmentos de tierra, son fragmentos de luz, atmósferas parciales que solo se completan cuando el cuerpo las atraviesa una tras otra.
Esa pluralidad encuentra su forma construida más clara en la Capilla de San Ignacio, de Steven Holl, en Seattle. Holl la describió como "siete botellas de luz en una caja de piedra": siete volúmenes, cada uno correspondiente a un momento distinto de la liturgia, donde la luz natural rebota primero en un tabique de un color y después atraviesa una lente del color complementario. El resultado no es una atmósfera única sino una reunión de luces distintas, como el propio Holl llamó al concepto general del edificio. Cuando una nube pasa frente al sol, el color de cada botella cambia al instante, y quien camina por la capilla no recibe un solo horizonte sino varios, uno detrás de otro, cada uno con su propia temperatura y su propio tono.
Si el primer texto preguntaba qué pasa cuando el cuerpo se para frente a un único horizonte, y el segundo preguntaba de qué está hecha la tierra a la que ese horizonte se une, este tercero pregunta algo distinto: qué pasa cuando el horizonte deja de ser uno y se multiplica en atmósferas parciales, cada una construida por una luz, un color, un instante que no se repite. La respuesta, creo, es que el cuerpo sigue siendo lo único constante en las tres versiones. Cambia el horizonte, cambia su materia, cambia su número, pero siempre hay un cuerpo ahí, recibiéndolo, completándolo, dejándose atravesar por él. Al final, quizás esa fue la pregunta que perseguí todo el semestre sin decirlo del todo: no qué es el horizonte, sino cómo nunca dejan de discutírselo entre sí el cuerpo y el espacio.
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