Ceder el espacio

 

Ceder el espacio
Vaciar, disponer, esperar: otra forma de habitar lo común

Hanna Fagua Mateus

En arquitectura solemos pensar el vacío como una carencia, espacio sin uso, sin programa, sin resolver. Sin embargo, hay una tradición de pensamiento, filosófica y artística, que invierte esa lectura por completo. Desde ahí, el vacío no es lo que falta, sino lo que se abre para que algo, o alguien, ocurra. Esta idea, que desplaza el interés del objeto construido hacia la relación que ese objeto hace posible, atraviesa tanto la filosofía de Jan Patocka como la obra escultórica de Jorge Oteiza, y se vuelve aún más clara si se contrasta con un objeto ajeno a la disciplina: el tablero de Monopoly.

Patocka piensa el espacio no como un fondo neutro, sino como algo que se constituye a partir del cuerpo en movimiento y, sobre todo, a partir de su relación con otros cuerpos. Para que otro aparezca verdaderamente como otro, no como obstáculo ni como recurso, el espacio necesita ceder parte de su control. Necesita vaciarse de certezas para volverse receptivo a algo que no puede planearse del todo: el encuentro.

Diseñar, desde esta perspectiva, no es solo ocupar terrenos con volúmenes y funciones, sino también dejar nichos genuinamente habitables, márgenes donde la vida de otro pueda desplegarse. El vacío, entendido así, no debilita la arquitectura, es una de sus formas más exigentes, porque implica renunciar a controlarlo todo.

Esta idea toma forma concreta en el trabajo de Jorge Oteiza. En sus últimas series, el escultor deja de pensar la escultura como masa que ocupa un lugar y empieza a vaciarla desde adentro: cajas abiertas, cuerpos huecos, esquinas que nunca terminan de cerrarse. Lo importante deja de ser el material que la pieza contiene, para ser el aire que libera y ofrece a quien se acerca. Sus esculturas funcionan como umbrales, no como objetos, estos no se poseen, se atraviesan. Cada una es una ausencia cargada de sentido, una espera activa del cuerpo que aún no ha llegado.

Frente a esto, vale la pena mirar un sistema que representa casi su contrario: el juego de mesa Monopoly. Ahí cada casilla tiene dueño, valor y función asignados de antemano; no existen zonas neutras ni márgenes de reinterpretación. El espacio no se abre, se cierra, se compra y se defiende. Nadie puede detenerse simplemente a mirar; cada movimiento implica una transacción, un riesgo, una ganancia o una pérdida. La relación con el otro jugador no es de reconocimiento, sino de competencia directa por los mismos recursos limitados.

Esta lógica de tablero recuerda, en cierto modo, a lo que Henri Lefebvre describe como la pérdida del "derecho a la ciudad". Para Lefebvre, la ciudad moderna corre el riesgo de convertirse precisamente en eso: un territorio fragmentado en propiedades privadas, donde el valor de cambio del suelo desplaza cualquier posibilidad de uso colectivo o espontáneo. El derecho a la ciudad, en este sentido, no es solo el derecho a habitar una vivienda, sino el derecho a apropiarse del espacio urbano de manera activa, a producir vida colectiva en él, más allá de la lógica de la propiedad y la rentabilidad. Monopoly, entonces, no es solo una metáfora entretenida, es casi un modelo pedagógico de cómo funciona una ciudad cuando todo su suelo ha sido sometido a la lógica del valor de cambio, y ningún metro cuadrado queda disponible para lo común, lo gratuito o lo imprevisto.

Frente a esta imagen de ciudad-tablero, la propuesta de Oteiza y Patocka adquiere un valor casi ético. Habitar bien un espacio no es solamente saber qué ocurrirá en él, sino aceptar que una parte de su valor está precisamente en lo que no puede preverse del todo. Y ese margen de lo imprevisible, muchas veces, no se logra agregando más programa o más forma construida, sino retirando, dejando que el espacio se vacíe de instrucciones para que otros puedan llenarlo con usos que el proyecto original ni siquiera imaginó.

Un caso que vuelve tangible esta idea es Construcción Vacía (1957–2002), la escultura de Jorge Oteiza instalada en el espacio público frente al museo Artium, en Vitoria-Gasteiz. Se trata de una pieza abierta, sin masa central, que no busca delimitar territorio sino disponerlo a una presencia que no se impone sobre su entorno urbano, sino que lo transforma de manera casi silenciosa, generando alrededor suyo un vacío sin programa fijo, disponible para múltiples apropiaciones cotidianas como sentarse, cruzar, detenerse, jugar.

Esta clase de intervención funciona como lo que podríamos llamar un dispositivo de encuentro, no impone funciones específicas, pero convoca. Al igual que en las esculturas de Oteiza, lo importante no es lo que el espacio contiene, sino lo que hace posible. Diseñar así implica un gesto poco habitual en la disciplina, renunciar parcialmente al protagonismo formal para cedérselo a quien llegue después. Y ese acto de retirarse, de dejar lugar para el otro, puede ser, frente al modelo de ciudad - tablero, una de las formas más urgentes y necesarias de pensar la arquitectura hoy.



Bibliografia
  • Oteiza, J. (1963). Propósito experimental. San Sebastián: Editorial Nerea. 
  • Patocka, J. (1976). Cuerpo, comunidad, mundo: ensayos heréticos sobre la filosofía de la historia (trad. T. Padilla). Madrid: Trotta, 2008.
  • Lefebvre, H. (1968). El derecho a la ciudad (trad. J. González-Pueyo). Barcelona: Península, 1969.

Comentarios

  1. Me pareció muy interesante la manera en que el texto replantea el vacío, no como una ausencia o un espacio “sin resolver”, sino como una condición necesaria para que ocurran encuentros y apropiaciones inesperadas. La comparación con Monopoly me pareció especialmente acertada porque permite entender, de forma muy clara, cómo ciertos modelos de ciudad reducen el espacio a una lógica de propiedad y control. Además, considero valiosa la idea de que diseñar también implica renunciar a decidirlo todo; pensar la arquitectura desde aquello que hace posible, más que desde aquello que impone, abre una reflexión pertinente sobre el papel de los espacios comunes en nuestras ciudades, buen texto.

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  2. La idea del vacío como una condición que hace posible el encuentro, y no como una ausencia, es el eje más interesante del texto, porque replantea una noción muy arraigada en la arquitectura. La comparación entre el pensamiento de Patocka, la obra de Oteiza y el tablero de Monopoly resulta muy original y ayuda a comprender, desde diferentes perspectivas, cómo el espacio puede abrirse o cerrarse a la experiencia colectiva. Además, la relación con las ideas de Lefebvre fortalece la reflexión al vincularla con la realidad urbana contemporánea y el derecho a apropiarse del espacio público. Es por esto, que nos invita a pensar que, en ocasiones, una de las decisiones más valiosas del proyecto arquitectónico consiste precisamente en dejar espacio para lo imprevisto y para la presencia de los demás.

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