¿Arquitectura para ser habitada o para ser observada? El cuerpo frente a la arquitectura contemporánea
Durante gran parte del siglo XX la arquitectura fue entendida principalmente como una disciplina capaz de resolver problemas funcionales y técnicos. Sin embargo, las reflexiones desarrolladas por autores como Juhani Pallasmaa, Peter Zumthor y Alberto Pérez-Gómez han permitido ampliar esa visión al demostrar que la arquitectura también construye experiencias, emociones y formas de relacionarnos con el mundo. Más que producir edificios, la arquitectura produce maneras de habitar.
Esta idea resulta especialmente pertinente en la actualidad, cuando gran parte de la arquitectura contemporánea parece responder más a las dinámicas de la imagen que a las necesidades de quienes ocupan los espacios. Hoy es frecuente encontrar edificios concebidos para convertirse en íconos urbanos o en fotografías virales, mientras que la experiencia cotidiana de recorrerlos parece quedar en un segundo plano. Surge entonces una pregunta que considero fundamental para el ejercicio profesional: ¿estamos diseñando espacios para el cuerpo o para la cámara?
Juhani Pallasmaa, en Los ojos de la piel, critica el predominio de la visión dentro de la arquitectura moderna. Para el autor, la experiencia espacial nunca depende únicamente de lo que vemos. Un edificio también se escucha, se toca, se huele e incluso se recuerda. La temperatura de un muro, la resonancia de un pasillo, el cambio de iluminación durante el día o la textura de un material participan activamente en la construcción del lugar. En consecuencia, reducir la arquitectura a una imagen implica desconocer la complejidad de la percepción humana.
Esta crítica resulta especialmente vigente en una época dominada por las redes sociales y la difusión constante de imágenes. Muchos proyectos son evaluados antes de ser construidos mediante renders hiperrealistas que muestran una versión idealizada del edificio. La discusión gira alrededor de la forma, la fachada o el impacto visual, mientras aspectos como la comodidad, la apropiación del espacio o la calidad ambiental reciben menor atención. La arquitectura corre el riesgo de convertirse en un objeto de consumo visual más que en un escenario para la vida cotidiana.
Peter Zumthor propone una postura diferente. En Atmósferas sostiene que la verdadera arquitectura es aquella capaz de generar una presencia emocional inmediata. Cuando una persona entra a un edificio, existe una reacción que ocurre antes de cualquier análisis racional. Esa impresión inicial depende de factores difíciles de representar en un plano: la luz, el sonido, el olor, la escala, el peso de los materiales o la manera como el espacio acompaña nuestros movimientos. La arquitectura, por tanto, no se reduce a la geometría; también construye estados de ánimo.
Esta forma de entender el proyecto implica reconocer que el cuerpo es el verdadero protagonista del espacio arquitectónico. Un edificio no existe plenamente hasta que alguien lo recorre. Los corredores, las escaleras, los patios y las plazas adquieren sentido únicamente cuando son vividos por las personas. Por esta razón, considero que el éxito de un proyecto no debería medirse únicamente por su innovación formal o tecnológica, sino por la calidad de la experiencia que ofrece a quienes lo utilizan diariamente.
Un ejemplo que permite reflexionar sobre esta problemática es el Museo Soumaya, en Ciudad de México, diseñado por Fernando Romero. Desde el exterior, el edificio constituye una pieza escultórica de enorme impacto visual. Su envolvente metálica y su geometría curva lo convierten en uno de los íconos arquitectónicos más reconocibles de América Latina. Miles de personas visitan el museo cada año, y gran parte de su difusión internacional proviene precisamente de la potencia de su imagen.
No obstante, cuando el análisis se desplaza hacia la experiencia corporal aparecen preguntas más complejas. El recorrido interior responde a una circulación continua que conduce al visitante mediante una rampa ascendente hasta llegar al gran espacio superior iluminado cenitalmente. Aunque esta estrategia genera una secuencia espacial interesante, algunos críticos han señalado que ciertos espacios de exposición privilegian la continuidad formal sobre la flexibilidad museográfica. En otras palabras, el edificio impresiona visualmente, pero no siempre responde con la misma eficacia a las necesidades del visitante ni a la exhibición de las obras.
Este ejemplo evidencia que una arquitectura formalmente innovadora no garantiza necesariamente una experiencia espacial igualmente significativa. El edificio puede convertirse en un referente urbano sin lograr establecer una relación profunda con quienes lo recorren. La arquitectura corre entonces el riesgo de convertirse en un espectáculo visual cuya principal función es ser fotografiada.
Frente a esta realidad, considero que las reflexiones de Alberto Pérez-Gómez adquieren una enorme relevancia. El autor sostiene que la arquitectura posee una dimensión ética porque influye directamente en la manera como habitamos el mundo y construimos nuestras relaciones sociales. Diseñar no consiste únicamente en resolver problemas técnicos, sino en crear escenarios donde la vida humana pueda desarrollarse con dignidad. Esta perspectiva obliga a comprender que cada decisión proyectual tiene consecuencias sobre la experiencia cotidiana de las personas.
Desde mi formación como estudiante de arquitectura, esta idea transforma profundamente la manera de entender el diseño. Durante la carrera dedicamos gran parte del tiempo a perfeccionar la representación gráfica, la precisión técnica y el dominio de herramientas digitales. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a imaginar qué sentirá una persona al cruzar un umbral, permanecer varios minutos en un espacio o recorrer un edificio bajo diferentes condiciones climáticas. La representación resulta indispensable para construir, pero nunca puede reemplazar la experiencia del habitar.
Considero que el mayor aprendizaje del curso Cuerpo y Espacio consiste precisamente en recordar que el cuerpo debe recuperar su lugar como punto de partida del proyecto arquitectónico. Antes de decidir la forma de un edificio deberíamos preguntarnos cómo será recorrido, qué emociones despertará, cómo cambiará con la luz del día o qué recuerdos podrá generar en quienes lo utilicen. Estas preguntas difícilmente aparecen en un plano, pero son las que finalmente determinan la calidad de la arquitectura.
En una época marcada por la producción acelerada de imágenes y por la espectacularización del espacio urbano, la arquitectura enfrenta el desafío de volver a situar al ser humano en el centro del proyecto. La tecnología, la innovación formal y las nuevas herramientas digitales representan enormes oportunidades, siempre que no sustituyan aquello que constituye la esencia misma de la disciplina: construir lugares donde las personas puedan vivir, encontrarse y reconocerse.
En conclusión, la arquitectura no debería aspirar únicamente a ser vista, sino principalmente a ser habitada. La verdadera calidad de un edificio no depende de la cantidad de fotografías que genere ni del reconocimiento que obtenga en publicaciones especializadas, sino de la manera como transforma la experiencia cotidiana de quienes lo recorren. El cuerpo continúa siendo la medida del espacio y, mientras la arquitectura no olvide esta condición, seguirá teniendo la capacidad de producir lugares significativos para la vida humana.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarMe parece muy acertada la pregunta que abre el texto ¿diseñamos para el cuerpo o para la cámara? porque resume bien una tensión real de la disciplina hoy. Tu lectura de Zumthor sobre la "presencia emocional inmediata" es, para mí, el punto más fuerte del texto: esa idea de que el edificio nos conmueve antes de que lo analicemos racionalmente es difícil de defender sin sonar abstracto, y lo logras bien apoyándote también en Pallasmaa para hablar de sonido, temperatura y textura, no solo de imagen.
ResponderEliminarDonde sí me hubiera gustado que fueras un poco más lejos es en el ejemplo del Soumaya. Lo usas para mostrar la tensión entre imagen y experiencia, pero se queda en el nivel de "esto es un ícono visual que quizás falla en lo experiencial" sin describir realmente cómo se siente el cuerpo ahí adentro la rampa, la luz cenital, el sonido del espacio. Después de defender tan bien a Pallasmaa y a Zumthor, hubiera sido interesante que el edificio se analizara con las mismas herramientas sensoriales que reclamas para la disciplina, en vez de quedarte en la crítica museográfica de otros autores.