Antes del cuerpo, el anticipo del habitar

 

Antes del cuerpo, el anticipo del habitar
El ornamento como estrategia para ordenar el vacío

Hanna Fagua Mateus

Toda obra de arquitectura existe, primero, como una hipótesis. Antes de que alguien cruce una puerta, se detenga frente a un muro o siga con la mirada el recorrido de la luz por un pasillo, el proyecto ya ha planteado ese momento. Diseñar es, en este sentido, un ejercicio de anticipación, se construye una apuesta sobre cómo un cuerpo va a moverse, a detenerse, a sentir en un lugar que todavía no existe. En el tiempo que separa el plano de la vida cotidiana que ocurrirá en él, la arquitectura cumple una función precisa, poner en orden el caos del espacio, es decir, darle una estructura de sentido a algo que, hasta ese momento, es indeterminado.

Ese caos inicial no debe entenderse como desorden material. No se trata de escombros ni de confusión física, sino de la ausencia de un relato, una extensión sin uso definido, un vacío que todavía no tiene marco desde el cual ser percibido. Frente a esto, el proyecto arquitectónico no se limita a resolver programas o funciones; también propone condiciones sensibles, atmósferas que invitan al cuerpo a habitar de una manera particular. No se trata de una imposición total, sino de una afirmación sutil; la arquitectura sugiere, orienta, dispone pausas y recorridos, sin necesariamente obligar a seguirlos.

Una de las herramientas más eficaces para lograr esa orientación indirecta es lo que podríamos llamar el ornamento con sentido: no el adorno arbitrario, sino una capa simbólica capaz de estructurar la manera en que se experimenta un espacio. En muchas obras, este tipo de ornamento actúa como intermediario entre la forma construida y quien la habita. No decora desde lo superficial, organiza desde la percepción, desde lo simbólico, desde el cuerpo mismo.

La Casa en Tacubaya de Luis Barragán (1947) es un ejemplo claro de esta idea. En esta casa el orden espacial no depende únicamente de cómo se distribuyen los espacios, sino de una serie de decisiones y disposiciones sensibles: el color aplicado sobre los muros, la luz filtrada y cambia a lo largo del día, el grosor de los elementos, las sombras y las texturas. Nada es aleatorio, funciona como una estructura emocional que antecede a cualquier función práctica. En esta casa, el cuerpo no recibe instrucciones explícitas, pero sí atmósferas que lo predisponen al silencio, a la pausa, a mirar antes que a simplemente transitar. Barragán no organiza el vacío desde el uso, sino desde el sentido, lo contemplativo se superpone a lo funcional y termina por transformarlo.

Frente a esta postura, es posible contrastar con la mirada de Adolf Loos, sobre todo en su texto "Ornamento y delito" (1908) y en su proyecto de la Villa Müller (1930). Loos critica el exceso ornamental como síntoma de decadencia cultural, pero eso no significa que elimine el ornamento por completo. Lo que hace, en realidad, es desplazarlo, lo retira de la fachada, de la superficie pública, pero lo conserva en el interior doméstico, entendido como territorio íntimo de memoria y de ritual. En la Villa Müller, los mármoles, las maderas oscuras, las alfombras y los colores densos no son un simple revestimiento, estos construyen un orden interno que responde a los gestos cotidianos de quienes habitan la casa. El ornamento, en Loos, deja de ser un delito cuando se convierte en un lenguaje corporal, en algo que el cuerpo reconoce y usa.

Lo que finalmente acerca a Loos y a Barragán, más allá de sus diferencias formales, es una convicción común, la arquitectura ordena el habitar desde lo sensible, no solo desde la función. En ambos casos, el ornamento no queda al margen del proyecto; es parte de su apuesta sobre cómo se va a vivir ese espacio. Lo accesorio se vuelve estructural, y lo decorativo termina siendo, en realidad, un marco de sentido.

Esta manera de intervenir el caos mediante gestos sensibles dialoga directamente con el pensamiento de Martin Heidegger en "Construir, habitar, pensar" (1951). Para Heidegger, construir no es un hecho de levantar muros, es dar lugar al habitar, hacer posible una relación significativa entre el ser humano y su entorno. Un espacio no se habita por el mero hecho de ocuparlo; se habita cuando se convierte en lugar, y ese proceso no depende de la técnica constructiva, sino del cuidado con el que se piensa y se proyecta. Así, el ornamento sensible y el diseño que organiza sin cerrar del todo las posibilidades son, en el fondo, formas de cuidado de anticipar sin imponer, de ordenar sin controlar totalmente.
Al final, la arquitectura no busca únicamente ordenar el caos, sino abrir un margen para que el cuerpo, al llegar,
decida cómo orientarse frente a lo que todavía no conoce. Tanto en la obra de Barragán como en la de Loos, el ornamento no grita, ni impone un camino, actúa antes que el cuerpo y sugiere posibilidades. Por eso el habitar nunca queda completamente resuelto en el papel; el proyecto lo intuye, lo propone, pero queda siempre un resto de indeterminación, un espacio que se llena de sentido cuando se contempla.



Bibliografía
Loos, A. (1908). Ornamento y delito. En A. Loos, Ornamento y delito: Escritos, 1897–1930 (trad. R. Cippolini). Buenos Aires: Editorial Infinito, 2009.
Heidegger, M. (1951). Construir, habitar, pensar. En M. Heidegger, Conferencias y artículos (trad. H. Cortés & A. Leyte). Barcelona: Serbal, 1994.


Comentarios

  1. La idea de que toda obra arquitectónica comienza como una hipótesis sobre la forma de habitar es una reflexión muy sugerente, porque pone el énfasis en la experiencia del cuerpo antes que en la construcción misma. La comparación entre Barragán y Loos está muy bien desarrollada, ya que demuestra que, aunque sus posturas sobre el ornamento sean distintas, ambos utilizan los elementos sensibles para orientar la percepción y construir significado. Además, la relación con el pensamiento de Heidegger fortalece la argumentación al mostrar que proyectar también implica cuidar y preparar las condiciones para el habitar. La arquitectura es una disciplina que no solo organiza el espacio, sino que también anticipa experiencias y deja abiertas posibilidades para que cada persona construya su propia relación con el lugar.

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