¿Puede un sancocho ser arquitectura?
Está claro que un platillo típico hispanoamericano no es arquitectura per se, desde la disciplina y la academia la respuesta parece evidente, la arquitectura busca proyectar espacios para la reunión de individuos que a su vez apunta a los sentidos de las personas, concediendoles una experiencia, y un sancocho pertenece a la disciplina gastronómica. La diferencia es innegable. Sin embargo, al hacer la pregunta, y plantear la tesis desde un argumento tan fútil, surgió una pregunta más interesante, si el sancocho no es arquitectura, ¿por qué un fenómeno tan común en nuestra cultura puede decirnos tanto de la arquitectura?
El origen de la pregunta se viene a dar porque incluso dentro de la arquitectura hace tiempo dejamos de hablar de que la condición inherente de un edificio fuera obra arquitectónica, es un título que se debe ganar. Luis Barragán entendía que su arquitectura era una experiencia capaz de despertar emociones, Juhani Pallasmaa crítica una arquitectura que se reduzca a la vista, Jan Patocka habla del habitar en el mundo antes que en el objeto construido, entonces, desde estas perspectivas el edificio deja de ser suficiente para explicar la arquitectura, lo importante es la forma en la que el espacio es vivido.
Sí hablamos del vivir, hablamos dle habitar, y si la arquitectura se debe ocupar del habitar, entonces vale la pena hablar de los fenómenos que suceden al habitar, incluso cuando estos fenómenos no corresponden directamente a la arquitectura, el paseo de olla es uno de estos fenómenos.
Cuando la familia llega a la orilla de un río para preparar el almuerzo, no ocupa el espacio de manera indiferente, las acciones tienen una intención detrás, desde escoger el lugar con una sombra apta, orientar los cuerpos hacia el río, organizar los recorridos para que sean lo más cómodos posibles para llevar las cosas, la mesa, las sillas, la olla, el fuego, la sombra del árbol no aparecen al azar, cada elemento está participando en la configuración de una experiencia espacial. Como sugiere Oteiza, el espacio no se comprende únicamente por el vacío que encierran sus límites, sino por las relaciones que hacen posible ese vacío. Sin acciones, el espacio permanece como una abstracción, el habitar es el que lo convierte en lugar, la huella que se deja.
Hasta este punto podría parecer que el paseo de olla es arquitectura. Después de todo, existe una organización espacial, una experiencia compartida y una manera específica de habitar. Sin embargo, esa conclusión diluiría el concepto de arquitectura hasta hacerlo indistinguible de cualquier práctica humana. Comer, celebrar, rezar o jugar también producen espacialidad, y no por ello son arquitectura.
La diferencia no radica en que uno produzca espacio y el otro no. Ambos lo hacen. Tampoco depende de la permanencia, pues existen arquitecturas concebidas para durar apenas unos días. La diferencia se encuentra en la naturaleza del proyecto.
En el paseo de olla, la organización espacial surge para hacer posible una actividad concreta. El espacio se configura mientras el ritual ocurre y desaparece con él. En la arquitectura, en cambio, existe una operación proyectual que abstrae esas formas de habitar para traducirlas en condiciones espaciales capaces de recibir múltiples experiencias futuras. Incluso cuando el proyecto nace de la actividad, como ocurre en muchas aproximaciones contemporáneas al diseño, su propósito no es resolver un único acontecimiento, sino construir un soporte donde distintas maneras de habitar puedan desplegarse a lo largo del tiempo.
Si en el lugar donde la familia acostumbra reunirse se construye una plataforma, una cubierta y un espacio pensado para cocinar, reunirse y contemplar el río, probablemente podamos hablar de arquitectura. No porque aparezcan el concreto o la técnica constructiva, sino porque alguien interpretó un modo de habitar y lo convirtió en un proyecto espacial. La arquitectura no inventó el ritual, sino que aprendió de él para darle una forma capaz de permanecer disponible para otros habitantes y para otros momentos.
Por eso, el paseo de olla no es una arquitectura efímera. Una arquitectura efímera sigue siendo un proyecto cuyo objeto principal es el espacio, aunque exista sólo durante un tiempo limitado. El paseo de olla, en cambio, es un ritual que produce espacialidad como consecuencia de una práctica social. Lo que desaparece no es una arquitectura temporal, sino la organización espacial propia de una actividad que ha concluido.
En este sentido, el sancocho no es arquitectura, pero sí constituye un fenómeno desde el cual la arquitectura puede comprender mejor su propio objetivo. La disciplina no se limita a producir edificios, interpreta formas de habitar para convertirlas en proyectos espaciales. El edificio es una de las posibles respuestas, no el punto final.
Me pareció especialmente interesante la manera en que se usa una situación cotidiana como el paseo de olla para cuestionar qué entendemos realmente por el habitar en la arquitectura. La reflexión logra demostrar que la espacialidad no es exclusiva de los edificios y que muchas prácticas humanas organizan el espacio mediante relaciones, recorridos y formas de ocupación. El diferenciar la producción de espacialidad de la arquitectura misma, evitando caer en la idea de que toda experiencia espacial puede considerarse arquitectura, permite comprender que la arquitectura no surge únicamente cuando aparece una actividad o un lugar significativo, sino cuando existe una intención de interpretar esas formas de habitar y transformarlas en condiciones espaciales para experiencias futuras.
ResponderEliminarAl mismo tiempo, el texto me deja una pregunta interesante. Si la arquitectura aprende de fenómenos como el paseo de olla para construir espacios capaces de recibir distintos modos de habitar, ¿hasta qué punto un proyecto arquitectónico puede realmente anticipar esas formas futuras de uso? Muchas veces los habitantes terminan apropiándose de los espacios de maneras que no fueron previstas por el diseñador. Esto me lleva a pensar que quizás la relación entre arquitectura y habitar no es completamente unilateral. La arquitectura interpreta formas de vida existentes, pero también son los habitantes quienes reinterpretan constantemente la arquitectura. En ese sentido, el proyecto no solo traduce el habitar, sino que permanece abierto a nuevas formas de ocupar y resignificar el espacio.
Considero que el texto construye una discusión muy interesante, aunque pienso que la conclusión aparece demasiado pronto. Desde el inicio se afirma que el sancocho no es arquitectura y todo el desarrollo posterior parece orientado a justificar esa respuesta. Me habría parecido más potente dejar esa frontera abierta durante más tiempo y explorar hasta dónde puede llegar el concepto de arquitectura antes de establecer un límite definitivo.
ResponderEliminarCreo que el mayor valor del ejemplo radica precisamente en que obliga a cuestionar una definición que normalmente damos por sentada, y mantener esa ambigüedad habría fortalecido aún más la reflexión.
La analogía es potente y atractiva, dado que da paso al entendimiento de un fenómeno, en muchos casos inherente a la arquitectura, pero a su vez invita a pensar en otras prácticas que sirvan al mismo propósito del texto. No obstante, esa misma amplitud constituye una zona de oportunidad para fortalecer la tesis. Si múltiples rituales cotidianos, como una comida familiar, una celebración, un mercado o una ceremonia religiosa, pueden emplearse para explicar la relación entre habitar y arquitectura, el paseo de olla deja de ser un caso particularmente necesario y corre el riesgo de convertirse en un ejemplo intercambiable. En consecuencia, el texto podría fortalecer su argumento justificando por qué este fenómeno resulta especialmente revelador frente a otras prácticas sociales. ¿Qué aspectos del paseo de olla permiten comprender la arquitectura de una manera que otros rituales no logran? Responder a esta pregunta no solo consolidaría la analogía, sino que evitaría que el caso se perciba como una elección arbitraria y reforzaría el alcance crítico del trabajo.
ResponderEliminarno
ResponderEliminarLa entrada me pareció interesante porque cuestiona una idea muy arraigada: que la arquitectura solo existe en los edificios. A partir de un ejemplo cotidiano como el sancocho, demuestra que las prácticas sociales también producen espacialidad y que el habitar comienza mucho antes de la construcción. Sin embargo, el texto también deja clara la diferencia entre un ritual y un proyecto arquitectónico, resaltando que la arquitectura interpreta esas formas de habitar para transformarlas en espacios capaces de acoger múltiples experiencias a lo largo del tiempo. Considero que esta reflexión amplía la manera de entender la disciplina, ya que invita a observar las actividades cotidianas como una fuente de conocimiento para el diseño. Más que imponer formas, el arquitecto debe comprender cómo las personas ocupan y construyen sentido en los lugares para responder a esas dinámicas mediante el proyecto.
ResponderEliminarPlantear la pregunta desde el sancocho y el paseo de olla es una buena estrategia para aterrizar el habitar, y la distinción que haces entre la espacialidad que produce un ritual y la operación proyectual está muy bien lograda.
ResponderEliminarSin embargo, me genera una duda la frontera tan tajante que pones al final para decir que el paseo de olla "no es arquitectura"., después del desarrollo dado, dice que la diferencia radica en la abstracción previa del proyecto que prevé experiencias futuras. Pero si traemos a Alberto Pérez-Gómez y su teoría digamos de attunement , la arquitectura no ocurre en la abstracción del dibujo ni en el soporte físico que perdura, sino en el evento poético donde el cuerpo, el clima, la luz y el ritmo del lugar entran en sintonía, en ese orden de ideas, el humo de la olla, la sombra del árbol, la temperatura del río y la disposición de los cuerpos no son solo "consecuencias sociales", sino la construcción misma de una atmósfera consciente podriamos decir, o al menos que en si misma encuentra un poco de vida.
Además, si como dice apoyándose en Oteiza, el espacio se define por las relaciones que hacen posible el vacío y no por los límites estáticos, ¿no se vuelve la preparación del sancocho una arquitectura pura del momento, donde la materia efímera como el fuego, el vapor, el territorio, una estructura el lugar con la misma validez que un muro de concreto? Me pregunto si al exigirle al sancocho un "proyecto abstracto previo" para llamarlo arquitectura, no le estamos pidiendo de nuevo un requisito formal a algo que, desde la fenomenología, ya es una vivencia espacial plena, que así mismo ese ritual sea el que lo convierta en cierta manerra arquitectura.
Como bien ya ha sido mencionado, el desarrollo de la idea del sancocho es muy interesante y atrapante aunque la respuesta pueda llegar a ser obvia sería mas interesante dejarla al final, no iniciar con ella.
ResponderEliminarNo obstante muchas veces la cotidianidad se pierde en sí mismo quitándole la relevancia que tiene en nuestras vidas por el propio acto de la repetición, el texto en cambio exalta un rito tan familiar y le da un carácter arquitectónico qué rara vez se explora , de manera que cambia la mirada al poner esta actividad tan familiar en un ámbito tan alejado de donde se presenta regularmente.