La Emanación del Espacio: El Cuerpo como Origen del Hecho Arquitectónico
¿Qué es realmente un lugar? Me parece genial pensar que un sitio no es solo una coordenada en un mapa, sino, ante todo, una extensión de nuestro propio cuerpo. Normalmente nos enseñan a entender la arquitectura de una forma muy fría: a través de planos, maquetas, cortes o fotos fijas en redes sociales. Sin embargo, la realidad es que los espacios se sienten y se miden con la piel, el movimiento y las relaciones con los demás. A veces se nos olvida que no podemos comprender un edificio o una plaza si no entendemos primero cómo el ser humano experimenta su propia presencia física en el mundo.
Para meternos de lleno en esta idea, el planteamiento de August Schmarsow en su texto sobre la esencia de la creación arquitectónica resulta clave y cambia por completo la jugada. Él proponía que la verdadera esencia de nuestra disciplina no reside en las fachadas materiales, ni en los muros o los techos por sí solos, sino en la creación del espacio a partir de nuestro propio sentido corporal. Esto significa que el espacio no está ahí afuera flotando de manera abstracta y pasiva a la espera de que lleguemos; nosotros, a partir de nuestra propia configuración física, lo producimos y lo emanamos constantemente.
Por el simple hecho de estar erguidos, de tener un eje vertical con un arriba y un abajo, una polaridad entre lo que está adelante y atrás, y la simetría de nuestro lado izquierdo y derecho, proyectamos una especie de caja espacial a nuestro alrededor. Sentimos y configuramos el entorno a nuestra imagen y semejanza corporal. Cuando levantamos muros o techos, básicamente estamos extendiendo la escala de nuestra propia corporalidad para delimitar nuestras interacciones. Así, el espacio deja de ser un contenedor geométrico rígido y se convierte en una experiencia viva que nace de nuestros músculos, nuestra marcha y nuestros sentidos.
Llevando esta intuición al extremo, si las condiciones para que exista el espacio dependen completamente de nuestra percepción corporal y de cómo nos orientamos, surge una pregunta que me parece fascinante: ¿puede una persona, por sí misma, llegar a ser un espacio? ¿Qué tan alejados estamos de considerar al mismo individuo como arquitectura viva? Al fin y al cabo, el ser humano es el elemento primitivo. Antes de que existiera el primer monumento de piedra clavado en la tierra para marcar el territorio, nuestra condición horizontal, al pasar a la posición erguida, ya nos volvía ese elemento que altera el entorno, generando la primera noción de circunferencia a nuestro alrededor.
No hay una ubicación con sentido en el plano terrestre hasta que no dejamos una huella en él. Y qué huella más grande puede existir que la presencia y la relación con otra persona. Desde que los seres humanos planteamos un espacio de reunión alrededor del fuego, esa ubicación con significado no se daba por la hoguera aislada, sino por la relación aglomerada de pares a su alrededor. Nosotros mismos somos una ubicación, y es nuestra relación con los otros lo que termina constituyendo un sitio compartido. Al final, somos seres encarnados; la percepción espacial es siempre una fusión de visión, movimiento y coexistencia que ocurre en el cuerpo antes de ser procesada por la razón. Sin nuestra condición inherente de establecer vínculos para sobrevivir, no habríamos desarrollado las ciudades ni la naturaleza misma de una casa. Nuestras relaciones son para nosotros lo que es para el lugar la transición hacia un espacio vivo.
Para ver cómo se concreta todo esto en una obra real, fuera de los casos típicos que siempre se discuten, la Iglesia de la Luz en Japón, diseñada por Tadao Ando, funciona como un laboratorio perfecto. Si uno mira el plano, el diseño es sumamente sencillo, casi un vacío métrico: una caja cerrada de hormigón visto. Sin embargo, la experiencia cambia por completo cuando entra un cuerpo humano. El arquitecto no te deja pasar de frente; te obliga a realizar un recorrido, a negociar con la pesadez de un muro de concreto y a cruzar un umbral que te mete de golpe en una penumbra casi absoluta.
En ese momento de oscuridad, el sentido corporal se enciende al máximo. Como los ojos ya no están distraídos con la sobreestimulación visual del exterior, el resto del cuerpo se despierta para reconocer el entorno de forma multisensorial. Sientes el frío del hormigón, el peso del silencio y la escala del lugar a través de la piel y el oído. Y justo cuando te habitúas a la penumbra, te topas con el elemento central: una ranura enorme en forma de cruz en la pared del fondo por donde entra la luz del sol.
Esa luz no es un simple adorno visual; entra como un volumen denso que corta el vacío y toca el suelo. Lo interesante es que la escala de esa cruz está perfectamente calibrada con la postura de una persona erguida: la línea vertical se alinea con tu columna y la horizontal parece extenderse como tus propios brazos abiertos. La obra usa el contraste radical entre la materia pesada del concreto y la inmaterialidad de la luz para obligar al cuerpo a detenerse, a guardar silencio y a asimilar el entorno desde su propia presencia física.
En una época actual que parece obsesionada con producir imágenes atractivas y fotografías impactantes para pantallas y redes sociales, donde corremos el riesgo de diseñar para ser observado y no para ser habitado, recuperar la importancia del cuerpo se vuelve una necesidad. La arquitectura no es la producción de objetos estáticos para ser contemplados desde la distancia. Los planos y los materiales son solo el límite físico; el verdadero espacio arquitectónico nace, se mide y cobra sentido en el momento exacto en que nuestro cuerpo lo habita, se mueve a través de él y, mediante la presencia compartida con los demás, lo edifica con su sola existencia.
Qué gran lectura haces de Schmarsow. Me parece impecable cómo rescatas que el espacio no es un contenedor rígido, sino una emanación viva de nuestra propia corporalidad, algo que ilustras muy bien con el recorrido multisensorial en la Iglesia de la Luz de Tadao Ando. Tu crítica final sobre el peligro de diseñar solo para la estimulación visual de las pantallas es sumamente necesaria.
ResponderEliminarLo que más me atrapó de tu texto es la pregunta que lanzas: ¿Qué tan alejados estamos de considerar al mismo individuo como arquitectura viva? Desde mi punto de vista, creo que el siguiente paso de la historia de la arquitectura invierte esa ecuación: ¿Qué tan cerca estamos de que la arquitectura misma sea un organismo vivo?
Si el espacio nace de nuestra experiencia corporal, la arquitectura del futuro no debería limitarse a ser una estructura rígida e inerte. Si miramos a la naturaleza, una semilla lleva en sí misma toda la información programada para transformar el entorno y auto-organizarse. Creo que el camino de nuestra disciplina va hacia allá: hacia el diseño de elementos mínimos y capaces de auto-ensamblarse y autocuidarse bajo sus propias reglas biológicas. Como bien sugieres, el ser humano es el elemento vivo original, y un excelente origen para analizar la arquitectura
El texto plantea que el cuerpo es aquello que construye el espacio y le otorga significado a través de la experiencia del habitar. Sin embargo, esto me hace pensar en una posible contradicción conceptual: si el cuerpo es el sujeto que dota de sentido al lugar, ¿realmente puede llegar a ser entendido como un lugar en sí mismo? Desde la lógica fenomenológica parecería que no, pues el lugar existe a partir de la experiencia corporal y no al revés. No obstante, resulta interesante que el propio lenguaje cotidiano describa constantemente a las personas mediante categorías espaciales: hablamos de alguien como un "lugar seguro", de "sentirse en casa" con otra persona o de "encontrar nuestro lugar" en alguien. Esto parecería ampliar el concepto de lugar más allá de la arquitectura y la materialidad, asociándolo con experiencias de pertenencia, refugio, sentir y significado. Dando asi que condiciones asociaciadas al espacio puedan sentirse similares a las que generan ciertas personas, traduciendo de cierta forma condiciones fenomenologicas como luz y sombra o materialidad a condiciones humanas que generan efectos similares.
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