El horizonte como herramienta proyectual
En Construir Habitar Pensar (1951), Heidegger propone una distinta concepción de lo que hoy en día entendemos como la labor arquitectónica : construir no conduce al habitar, construir de por sí es habitar. El espacio no existe antes del cuerpo que lo ocupa. No es un contenedor que se llena, sino algo que ocurre, que se produce en la relación entre el ser humano y el mundo. Como escribe Heidegger, "la relación del hombre con lugares y, a través de lugares, con espacios, reside en el habitar. La relación hombre y espacio no es otra cosa que el habitar pensado en su esencia." Esta afirmación va más allá del sentido técnico arquitectónico. Es una lección sobre el modo en que el ser humano existe. contraria a la que nos han acostumbrado a construir.
Lo que sostiene ese habitar es lo que Heidegger llama la cuaternidad: tierra, cielo, mortales, divinos. No cuatro elementos separados sino una unidad que el habitar preserva. Habitar auténticamente es estar en esa relación, mantenerla y ocurre siempre a través del cuerpo, en un lugar en específico, orientado hacia algo. El problema es que la arquitectura moderna, según Heidegger, tiende a pasarla por alto: reduce el espacio a medida, a función, a programa, y pierde de vista la pregunta más básica ¿Qué significa estar en el mundo?
Aquí es donde el horizonte se vuelve relevante, y atrapa mi atención y no solo como metáfora. sino como axis proyectual en el diseño y el construir.
El horizonte es el lugar donde tierra y cielo se delimitan mutuamente, donde dos de los términos de la cuaternidad se tocan y se diferencian a la vez. Pero tiene una propiedad que lo distingue de cualquier otra medida espacial: se desplaza con el cuerpo. No es un límite fijo del mundo, es una relación. A diferencia del modulor lecorbusiano o la proporción vitruviana que miden el espacio próximo, el espacio que el cuerpo puede controlar y anticipar. de esta forma el horizonte no habla únicamente del cielo y la tierra, sino como el ojo (mortales) es expuesto a los confines del universo, por lo tanto a la infinidad y su desconocido del más allá (divinidad). El horizonte invierte la fórmula: sitúa al cuerpo frente a lo que no puede abarcar. Es, en ese sentido, la medida de lo inconmensurable. No informa al cuerpo sobre el espacio; lo confronta con su propio límite.
Una arquitectura que trabaja con el horizonte opera desde esa lógica. No busca hacer el espacio cómodo o legible para el hombre; usa al hombre como umbral hacia algo que lo excede. Y eso tiene consecuencias formales. Suprime el refugio, elimina la mediación y dispone los elementos de modo que la relación entre cuerpo y mundo no pueda evitarse, no pueda ignorarse caminando por el espacio.
El Salk Institute de Louis Kahn, terminado en 1965 en La Jolla, California, funciona exactamente así, dos bloques de hormigón paralelos flanquean un patio de travertino orientado exactamente al oeste, hacia el Pacífico. El único elemento que articula ese vacío es un canal de agua que recorre el eje central en dirección al horizonte. Cuando Kahn le mostró el proyecto a Luis Barragán, este rechazó el patio arbolado original, su argumento fue breve: "El regalo es el cielo y el océano."
Suprimir los árboles no es un gesto estético, sin nada que interrumpa la vertical, el cielo cae sobre el patio con la misma presencia material que el hormigón. El vacío no es ausencia, es la condición que permite que tierra y cielo coexistan en el mismo plano, sin mediación. El canal refuerza eso: no es ornamento sino vector. Orienta la mirada y con ella el cuerpo entero hacia el horizonte. Cada equinoccio, el sol se alinea con ese eje y los rayos recorren el patio a ras del suelo de extremo a extremo, el cuerpo queda situado en el punto de intersección entre la geometría del edificio y la geometría astronómica, entre lo construido y lo que ninguna construcción puede fijar. El Salk no representa la cuaternidad de Heidegger. La dispone espacialmente.
Vale la pena detenerse en eso. Hay una diferencia entre una arquitectura que alude al paisaje y una que lo convoca estructuralmente. El Salk no enmarca el horizonte como si fuera una vista al fondo de una habitación. Lo hace inevitable. Quien camina por ese patio no elige mirarlo o no mirarlo; el espacio entero está organizado para que el cuerpo no tenga otra dirección posible. Esa es la operación proyectual: no decorar con el horizonte sino construir desde él.
Heidegger cierra su texto con una afirmación que no suena a arquitectura pero lo es: "los mortales tienen que aprender primero a habitar." La penuria real no es la falta de viviendas. Es algo anterior, la incapacidad de relacionarse auténticamente con el mundo. El horizonte, entendido así, no es una vista ni un recurso compositivo. Es una categoría proyectual. La condición de poner al cuerpo frente a aquello que lo excede y que, por eso mismo, le revela dónde está.
La pretensión de utilizar el horizonte para confrontar al cuerpo con lo inconmensurable incurre en el "pensamiento de sobrevuelo" criticado por Merleau-Ponty, pues al "suprimir el refugio" y usar al hombre como mero umbral hacia el infinito, despoja al espacio de su condición de envoltura vital y reduce al sujeto a una posición abstracta. Para Merleau-Ponty, el espacio no se funda en la exposición a los confines del universo, sino en la inherencia del "cuerpo actual" que habita el mundo como nudo indisoluble de visión y movimiento. El patio del Salk Institute no es una disposición teológica de la cuaternidad, sino un fenómeno de la visibilidad carnal: el canal de agua y la perspectiva no son abstracciones cósmicas que anulan al individuo, sino ejes generadores que ocurren en la piel y los músculos del vidente. La potencia de la obra no radica en su geometría astronómica, sino en cómo el cuerpo encarnado mide la densidad del hormigón y la verticalidad del cielo en relación con su propia escala vital. Desde la perspectiva de Jan Patočka en Patocka (1).pdf, instrumentalizar el horizonte como una imposición inevitable que desatiende la escala humana violenta la naturaleza del habitar, transformando el espacio vívido en una variante del espacio impersonal y geométrico de partes extra partes. Patočka advierte que "hay una diferencia fundamental entre estar en el espacio como una parte de él... y vivir espacialmente, ser consciente de estar en el espacio" como una vida que produce su propia localización. El horizonte que se desplaza con el sujeto no es un absoluto exterior, sino la "autopresencia de lo que no está presente", un límite interno que dota de sentido a lo cercano mediante la síntesis de la experiencia vivida. Al anular el refugio, esta postura arquitectónica bloquea el ciclo existencial donde la "energía centrífuga" del individuo necesita un lugar de arraigo y un espejo de retorno, el encuentro con el "Tú", para que el Yo regrese a sí mismo. Aprender a habitar no consiste en someter al cuerpo a la tiranía astronómica de un eje, sino en fundar un escenario intersubjetivo donde el horizonte sirva de anclaje para la permanencia y la reciprocidad humana.
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