El cuerpo no ocupa el espacio: lo construye

Cuando pensamos en arquitectura solemos imaginar edificios, materiales o formas construidas. Sin embargo, después de revisar los textos de August Schmarsow, Martin Heidegger y Maurice Merleau-Ponty, surge una pregunta distinta: ¿qué pasaría si el verdadero material de la arquitectura no fuera el concreto ni el ladrillo, sino el cuerpo humano? Durante mucho tiempo la arquitectura fue entendida como el arte de organizar objetos en el espacio. Sin embargo, los autores estudiados en clase plantean una visión diferente. El espacio no es un escenario vacío donde posteriormente aparece el ser humano; por el contrario, el espacio existe porque hay un cuerpo que lo percibe, lo recorre y le da sentido.

Esta idea adquiere especial fuerza en el pensamiento de Maurice Merleau-Ponty. En El ojo y el espíritu, el filósofo cuestiona la idea de que la visión sea un proceso puramente racional o una simple lectura de información. Para él, vemos porque habitamos un cuerpo. El cuerpo no es un objeto entre otros objetos; es nuestro punto de partida para comprender el mundo. Incluso afirma que el cuerpo es "el espacio natal y la matriz de cualquier otro espacio existente". Esta afirmación tiene profundas implicaciones para la arquitectura. Si todo espacio nace desde la experiencia corporal, entonces la arquitectura no puede reducirse a una cuestión de medidas, geometrías o funciones. La verdadera dimensión arquitectónica aparece cuando un cuerpo establece relaciones con la luz, la profundidad, la textura, la gravedad y el movimiento.

Merleau-Ponty insiste en que el espacio no se encuentra frente a nosotros como algo externo, sino que estamos inmersos en él. El mundo nos rodea, nos envuelve y nos atraviesa. En consecuencia, habitar no significa ocupar un espacio previamente definido, sino participar activamente en su construcción perceptiva. Esta idea aparece de manera sorprendente en la obra del escultor Eduardo Chillida. Aunque sus obras suelen clasificarse como esculturas, muchas de ellas parecen funcionar más como arquitectura que como objetos artísticos. En proyectos como la serie Elogio del Horizonte o sus exploraciones sobre la relación entre masa y vacío, Chillida no se interesa únicamente por el material sólido. Lo que realmente le interesa es el espacio que surge entre los elementos, el vacío que adquiere presencia gracias al cuerpo que lo experimenta. Las llamadas "escalas de corporalidad" presentes en su trabajo muestran que la dimensión de una obra no puede entenderse únicamente mediante números o medidas. Una pieza cambia completamente cuando el cuerpo se aproxima, la rodea o se sitúa en su interior. El espacio deja de ser una condición abstracta y se convierte en una experiencia física.

En este sentido, Chillida parece coincidir con Merleau-Ponty: el espacio no es algo que observamos desde afuera, sino algo que vivimos desde adentro. Esta misma preocupación aparece en la arquitectura de Luis Barragán, especialmente en la Casa Luis Barragán en Tacubaya. A diferencia de una arquitectura que busca dominar el paisaje, Barragán establece una relación mucho más sensible entre cuerpo, topografía y entorno. La casa no se limita a resolver un programa funcional. Cada muro, cada recorrido y cada apertura parecen diseñados para construir una experiencia emocional. La luz entra de manera controlada, los colores modifican la percepción de la profundidad y los jardines aparecen como extensiones del espacio interior. Lo interesante es que Barragán no utiliza el paisaje como una vista decorativa. El paisaje forma parte de la experiencia corporal del habitante. Los cambios de nivel, la relación con la vegetación y las secuencias espaciales hacen que el cuerpo descubra gradualmente el lugar. La arquitectura deja de ser un objeto aislado para convertirse en una mediación entre el ser humano y el territorio. Aquí reaparece una idea que conecta todos los autores estudiados hasta ahora. Schmarsow afirmaba que la arquitectura es creadora de espacio. Heidegger sostenía que construir significa habitar. Merleau-Ponty entendía el cuerpo como la condición fundamental de toda experiencia espacial. Chillida transforma el vacío en una experiencia corporal y Barragán convierte el paisaje en una extensión sensible de la arquitectura.

Aunque pertenecen a disciplinas y épocas diferentes, todos parecen coincidir en una misma intuición: el espacio no es algo dado, sino algo que surge de la relación entre cuerpo y mundo. Esta reflexión resulta especialmente pertinente en la actualidad. Muchas veces la arquitectura contemporánea parece centrarse en producir imágenes impactantes destinadas a circular en redes sociales, revistas o plataformas digitales. En ese contexto, la experiencia corporal corre el riesgo de quedar relegada a un segundo plano. Sin embargo, ninguna fotografía puede transmitir completamente la sensación de caminar por un espacio, percibir cómo cambia la luz a lo largo del día o experimentar la relación entre nuestro cuerpo y la escala de un lugar. La arquitectura sigue siendo, ante todo, una experiencia física.

Por eso, quizá la principal enseñanza que dejan estos autores es que el espacio arquitectónico no comienza con el diseño de un objeto ni termina con la construcción de un edificio. Comienza cuando un cuerpo percibe, recorre y da significado al mundo que lo rodea. La arquitectura no consiste solamente en levantar muros. Consiste en construir experiencias capaces de vincularnos con el espacio, con el paisaje y con nuestra propia existencia. Y es precisamente en ese encuentro entre cuerpo y mundo donde la arquitectura encuentra su sentido más profundo.

Comentarios

  1. Este texto me hizo recordar a un articulo de Juhani Pallasmaa, los ojos de la piel, donde plantea la misma critica que tu estás planteando en este breve ensayo, es interesante como por más de que se tengan referentes donde el cuerpo es el protagonista que construye el espacio, estos no se vean aplicados en la arquitectura contenporanea (en varios casos actuales, centros comerciales, hospitales, iglesias, escuelas) muchos buscan llamar la atención frente al sentido aparentemente dominante que es la vista dejando de lado a los demás, es interesante pensar, más allá de la jerarquización que se ha hecho de los sentidos a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, cuál es la razón, ya sea social o historica, por la cual la arquitectura parece tener cada vez más afinidad a lo optico y menos a lo haptico.

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  2. Estoy totalmente de acuerdo con la idea principal que planteas, la arquitectura no nace de los planos o del cemento, sino de la experiencia del cuerpo. Los autores que mencionas aciertan al recordarnos que el espacio se siente, se recorre y se vive, y que sin esa percepción corporal, los edificios serían solo cascarones vacíos. Chillida y Barragán son ejemplos perfectos de esto, porque sus obras no se entienden sin la persona que las camina, las toca o las mira desde distintos ángulos, desde distintos horizontes.
    Dicho esto, y para responder la pregunta que planteas al inicio de tu texto, no creo que el cuerpo sea el material para concebir la arquitectura, el cuerpo es más bien la piedra angular, el punto de partida y el fin, lo que organiza y da sentido a todo lo que se construye alrededor. Es el centro desde el cual se piensan las distancias, las alturas, los colores y las texturas. Sin ese centro, los verdaderos materiales pierden su razón de ser.
    La gran lección que nos dejan estos autores es que la arquitectura debe diseñarse desde el cuerpo, pensando en cómo lo va a recibir, mover y emocionar.

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  3. Me gusta mucho la entrada de Chillida porque es un ejemplo que no es obvio, y eso dice algo. La mayoría de los textos sobre fenomenología y arquitectura recurren siempre a los mismos edificios, y traer una obra escultórica como el Elogio del Horizonte para hablar de espacio habitado es un movimiento interesante. Coincido en que Chillida trabaja con el vacío de una manera que muchos arquitectos no logran, y que sus escalas de corporalidad demuestran exactamente lo que Merleau-Ponty dice: que el espacio cambia según el cuerpo que lo experimenta.

    Dicho eso, hay algo en el texto que me genera una duda. Se menciona que la arquitectura contemporánea corre el riesgo de quedarse en la imagen, en la foto para redes, y que la experiencia corporal queda relegada. Estoy de acuerdo con el diagnóstico, pero me pregunto si la solución que propone el texto, volver a la experiencia física, es suficiente como argumento crítico. Barragán también circula masivamente en redes sociales y en revistas de arquitectura. Sus muros rosados y sus patios con agua son algunas de las imágenes más reproducidas de la arquitectura latinoamericana. Entonces la pregunta que me queda es: ¿puede una arquitectura pensada desde el cuerpo terminar igual de estetizada que una pensada desde la imagen? ¿O hay algo en el origen del proceso que marca una diferencia real en el resultado?

    No lo planteo como objeción sino como algo que creo vale la pena seguir pensando, porque el texto llega muy cerca de una conclusión importante y se detiene justo antes.

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