El habitar como origen de la sensación de espacio
¿Dónde comienza realmente la sensación de espacio?
Cuando pensamos en arquitectura, solemos imaginar edificios, muros, cubiertas, etc. Es común entenderla como algo tangible, incluso evocando el concepto del espacio como algo que aparece una vez se establecen unos límites físicos, como si la arquitectura surgiera en el momento en que se construye el objeto. Sin embargo, las reflexiones desarrolladas por Martin Heidegger en Construir, Habitar, Pensar proponen una visión diferente. Para él, la arquitectura no comienza con la construcción de un edificio, sino con una condición mucho más profunda: la manera en que el ser humano habita el mundo.
Esta idea resulta particularmente interesante porque cuestiona una noción aceptada dentro de la disciplina y por el consciente colectivo de la sociedad. Frecuentemente entendemos el construir como una acción técnica y el habitar como una consecuencia posterior. Primero se construye una casa y después alguien la ocupa. Heidegger invierte esta lógica, al proponernos que el Habitar no es el resultado del construir, sino su fundamento. Construimos porque habitamos. El ser humano necesita establecer relaciones con el mundo, reconocer un lugar dentro de él y cuidar aquello que le rodea. La arquitectura surge precisamente como expresión de esa necesidad.
Desde esta perspectiva, construir no significa simplemente levantar objetos. Es crear condiciones para que exista una relación significativa entre el hombre y su entorno. Heidegger explica esta idea a través del concepto de la cuaternidad: la unidad entre tierra, cielo, divinos y mortales. Habitar implica participar de esa totalidad. El ser humano no se encuentra aislado frente al mundo, sino integrado dentro de una red de relaciones que le permiten comprender su existencia.
Este concepto de cuaternidad conduce a otra idea fundamental del texto: el límite. Habitualmente entendemos los límites como elementos de separación. Un muro divide, una cerca delimita, una fachada marca el final de algo. Sin embargo, Heidegger propone una comprensión diferente, nos habla de que el límite no es aquello donde algo termina, sino aquello desde donde algo comienza a ser. Esta frase resulta especialmente relevante para la arquitectura porque transforma nuestra manera de pensar el espacio. Los límites no son únicamente barreras, pueden ser las múltiples condiciones que permiten que aparezcan relaciones, encuentros y significados.
Esta concepción encuentra importancia en el Poema del Ángulo Recto de Le Corbusier. Aunque se trata de una obra poética y gráfica, plantea una reflexión profunda sobre la posición del ser humano en el mundo. El ángulo recto surge del encuentro entre la vertical y la horizontal. La vertical representa al hombre erguido, consciente de su presencia y de su capacidad para orientarse. La horizontal representa la tierra, el horizonte y la extensión del mundo. Su encuentro no es simplemente una operación geométrica; es la manifestación de una relación fundamental entre el ser humano y aquello que habita. Desde esta perspectiva, el espacio arquitectónico no puede entenderse únicamente como una composición formal. Surge cuando el ser humano establece relaciones con aquello que le rodea. El horizonte deja de ser un límite visual para convertirse en una referencia que orienta el habitar. Del mismo modo, los muros dejan de ser simples barreras para transformarse en elementos que articulan encuentros entre distintas dimensiones de la experiencia.
Heidegger plantea una logica en la que un punto, hace una metamorfosis hacia un sitio a partir de las relaciones que se marcan con otros puntos y como en su relación con el horizonte se puede volver un lugar, sin embargo aquí se plantea que la arquitectura comienza antes de estas relación gracias a como el ser humano establece un punto de orientación y significancia en el espacio, y por más de que la arquitectura comience previo a lo tangible son las relaciones del inconsciente colectivo, eso produce que para un individuo ditinto al que establecio las relaciones con el punto sea capaz de establecer el mismo significante, poniendo como un ejemplo el menhir, siempre se deberian usar relaciones universales en la arquitectura para poder establecer esos puntos, y actualemnte, por más de que la arquitectura comience previo a ellos, un muro, y una forma, son los significantes representativos del punto contemporaneo.
ResponderEliminarMe parece que el texto logra desmontar muy bien la idea puramente técnica de la arquitectura al rescatar a Heidegger y proponer que el límite no es donde algo termina sino desde donde comienza a ser, lo cual se conecta de manera impecable con la experiencia corporal de la Casa de la Cascada de Wright y la geometría poética de Le Corbusier. Sin embargo, al revisar la propuesta me surgen dudas sobre cómo opera realmente la cuaternidad en el ejemplo de Wright, ya que si bien la relación con la tierra y los mortales es evidente a través de la roca y el habitante, queda la pregunta de cómo se manifiestan el cielo y lo divino en esa mediación arquitectónica para que el concepto no quede solo como un adorno teórico. Además, existe una tensión no resuelta entre el ángulo recto corbuseriano y la fluidez orgánica de Wright; valdría la pena cuestionar si ese ángulo recto es un punto de encuentro relacional o la imposición de un orden racional humano sobre el entorno. Por otro lado, frente a la crítica que se hace a la producción de imágenes espectaculares en la actualidad, cabe preguntarse si esta profunda lógica del habitar es aplicable a la vivienda social y la alta densidad contemporánea o si termina siendo un lujo exclusivo de obras magistrales y exentas.
ResponderEliminarMe parece interesante la inquietud sobre la presencia del cielo y lo divino en la Casa de la Cascada, ya que son los componentes menos evidentes de la cuaternidad. Sin embargo, considero que esta lectura puede enriquecerse si desarrollamos la idea de que la cuaternidad en Heidegger no opera como cuatro elementos aislados que deban verificarse individualmente dentro de una obra. Por el contrario, tierra, cielo, mortales y divinos coexisten y se implican mutuamente. Hablar de uno de ellos supone necesariamente la presencia de los otros. En este sentido, aunque en la Casa de la Cascada la relación con la tierra y los mortales resulte más evidente a través de la roca, el paisaje y la experiencia del habitante, esto no implica que el cielo y lo divino estén ausentes.
ResponderEliminarEl cielo y lo divino no necesariamente deben entenderse como una referencia explícita, sino como aquella dimensión que excede el control humano y que acompaña la experiencia del habitar desde otros ámbitos. La presencia del agua, la fuerza del paisaje y los fenómenos naturales que envuelven la casa recuerdan constantemente que existe algo más allá de la voluntad del habitante. Por ello, el hecho de que estos elementos no se manifiesten de manera operacional o literal no significa que no formen parte de la experiencia que la obra construye.
Esta interpretación también refuerza la relación con el Poema del Ángulo Recto de Le Corbusier. El encuentro entre la vertical del hombre y la horizontal del horizonte no debe entenderse únicamente como una operación geométrica, sino como la construcción de una relación entre el ser humano y el mundo. Así, más que una contradicción entre Le Corbusier y Wright, podría entenderse que ambos intentan responder a una misma pregunta: cómo la arquitectura permite que el ser humano encuentre su lugar dentro de una realidad más amplia que él mismo.