EL CUERPO AL INTERIOR DE LA OBRA Y EL ROSTRO DE UN PROYECTO

 

La arquitectura es una labor compleja, en cuanto el principal objeto y receptor final de nuestra obra recae en el lector. Aquel espectador que, dada la naturaleza de aquello que contempla, requiere una aguda comprensión de lo que lee. Sin embargo, como es costumbre, la vista suele pasar información por alto. Así es como el cerebro debe funcionar: ver, entender y depurar.

Este flujo de pensamiento, si bien procura la preservación de la información fundamental, también posee un defecto. El acto de depurar la información que entra por nuestros ojos involucra procesos traicioneros, tales como la asunción o incluso el prejuicio. Son mecanismos que favorecen la eficiencia del pensamiento y evitan que nuestra gran y caótica urbe mental colapse ante las constantes y abrumadoras olas de información que atraviesan nuestra percepción. Esto es algo natural e incluso proviene de nuestros instintos más primitivos. Sin embargo, en muchas ocasiones somos inconscientes de este proceso.

Esta condición incide de forma crítica en el resultado de una labor arquitectónica. Al ser la arquitectura una manifestación física, el primer muro que vemos, la primera ventana, el primer árbol o la primera puerta constituyen esa descarga inicial de información con la cual la mente, sin reparo alguno, emite un juicio adelantado. La fachada es, por ello, considerada la cara de un proyecto.

Sin embargo, una obra posee muchas más caras que aquellas que se exhiben a primera vista.

La relación entre interior y exterior no puede comprenderse únicamente desde la contemplación de la fachada. La verdadera fachada de un proyecto emerge cuando el cuerpo experimenta el espacio interior; cuando se desarrolla un diálogo sensorial tanto con aquello que nos contiene como con aquello que nos rodea. Es allí, al interior, entre dos grandes horizontes, donde puede desvelarse la verdadera cara, la esencia y el alcance de la obra que habitamos.

La percepción que debemos construir no se encuentra únicamente en reconocer dónde está el vacío, sino en comprender aquello que se revela a través de él. El vacío deja entonces de ser una ausencia y se convierte en una relación directa con aquel que lo observa.

August Schmarsow, en La esencia de la creación arquitectónica (1893), plantea una ruptura decisiva al afirmar que la arquitectura no debe entenderse como una composición de formas visibles, sino como la producción de espacio para el cuerpo humano.

Schmarsow sostiene que la arquitectura surge de la experiencia espacial del sujeto y no de la observación de un objeto aislado. Desde esta perspectiva, la fachada aparece como una condición incompleta de la arquitectura, ya que muestra únicamente el límite físico del edificio, pero no la experiencia espacial que ocurre en su interior.

El límite de la arquitectura deja entonces de coincidir con sus muros. Su verdadero límite pasa a ser la capacidad perceptiva del habitante. La fachada material deja de ser el final de la obra y se convierte en un dispositivo que orienta la percepción hacia el exterior.

Entender un edificio exige que las primeras impresiones se hagan a un lado; exige reconocer que aquello que vemos es apenas un velo al que debemos adentrarnos. Un juicio apresurado peca de incompleto, dado que han sido únicamente nuestros ojos los autores del mismo. Es por ello que solo comprendemos un edificio cuando lo vivimos, cuando lo recorremos y cuando todos nuestros sentidos tienen algo que decir acerca del espacio con el que dialogan.

Como ejemplo, en la Villa Savoye, Le Corbusier desarrolla una secuencia espacial donde el recorrido interior culmina en la contemplación del horizonte. La rampa no conduce únicamente a una cubierta; conduce a una nueva relación con el paisaje. El habitante comprende el exterior a través del movimiento corporal.

El color, los recorridos, la atmósfera, la temperatura, la materialidad e incluso el sonido hacen que el cuerpo establezca un diálogo constante con el proyecto, y es precisamente allí donde podemos comenzar a entenderlo. La fachada exterior es sugerente, pero no definitiva, dado que aún falta la experiencia humana de su interior para terminar de conformar su verdadero rostro.


Comentarios

  1. Por más de que la arquitectura se de por la experiencia del usuario adicional al componente de aproximación de un proyecto que viene a ser la fachada es inegable reconocer que la fachada no es unicamente un elemento sugerente, como lo planteas. Así como dice Schmarsow, si la arquitectura es la producción de espacio para el cuerpo humano, es imposible plantearse ese espacio sin la condición de fuga hacia el horizonte con la que cuenta el usuario, que es la primera aproximación que se tiene hacia este mismo espacio, así como podemos llegar a hablar de un raumgestaltung contemporaneo que diluye los limtes del interior y el exterior debemos entender que un proyecto no empieza en su fachada empieza a la aproximación a la misma, y si el eje, o el alma, a la que se referia Le Corbusier, no se encuentra en sintonia con la aproximación de un proyecto, no hace falta recorrerlo para llegar a la conclusión de qué el proyecto no está en resonancia con el usuario y ese aspecto sensible e inherente que caracteriza a cualquier usuario, sea o no arquitecto.

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  2. Qué sugerente resulta tu analogía de la fachada como un "velo" o una cara que puede llevarnos a juicios apresurados e incompletos si solo la consumimos con los ojos. Es un gran acierto rescatar a Schmarsow para recordar que el verdadero límite de la arquitectura no coincide con los muros materiales, sino con la capacidad perceptiva del habitante cuando recorre el interior, tal como demuestras con la rampa de la Villa Savoye.
    Sin embargo, analizando tu postura desde la dialéctica del curso, dejas una tensión crítica sobre la relación interior-exterior. Al catalogar la fachada material casi como una distracción visual que la mente debe "depurar", pareces restarle potencia a la experiencia corpórea que ocurre antes de cruzar el umbral. La fachada no tiene por qué ser un objeto aislado para la contemplación pasiva; también es el primer plano de confrontación física, de escala y de peso material que mide nuestro cuerpo en el espacio público.
    Si el espacio se constituye desde adentro hacia afuera, el verdadero rostro de un proyecto no debería ser una revelación que ocurre únicamente al interior, sino el resultado de abolir esa frontera. El reto fenomenológico no es hacer a un lado la primera impresión de la fachada, sino lograr que esa "cara" exterior deje de ser un muro estático de información y se convierta en un dispositivo dinámico que active nuestros músculos, nuestra marcha y nuestra piel desde el primer instante en que nos aproximamos al edificio.

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